Carta a María de Nazaret

Madre: Por momentos olvidamos que fuiste una mujer de carne y hueso, con lágrimas saladas y dolores en la espalda, y te imaginamos en un cielo azul, con nubes mágicas bajo tus pies, alejándote tanto así, que creemos que tenías que haber sido de otro mundo para ser quien fuiste. Sin embargo madre, eras muy de aquí, muy del sudor y los regueros, con las manos gastadas por la ruda pobreza y tan llena de gracia que hacías sonreír hasta a Dios mismo.

Hoy queremos darte gracias por permanecer siempre junto a nosotros, como una señal que nos recuerda que para los cristianos todo lo importante es pequeño, es simple, y es vulnerable, que la mirada de Dios le apuesta a nuestra verdad, con sueños, con equivocaciones, con decisiones indecisas y con el perdón que tenemos que pedirnos todos los días pues no aprendemos a ser buenos del todo. Tú nos recuerdas que Dios no pretende que regresemos a casa todos los días sin una mancha en el corazón, sino que jamás olvidemos su inagotable habilidad para limpiarnos. Tú nos recuerdas que siendo nosotros tan poco en comparación con las estrellas o los dueños de las multinacionales, somos los diamantes del reino de los cielos.

Madre: si tan sólo pudiéramos ser hombres y mujeres capaces de traer a Dios al mundo…! Que en las entrañas pudiéramos llevar el grito de una buena noticia que salve a cualquiera que necesite ser salvado, que del pecho pudiéramos exprimir el más valiente amor que pueda darle sentido a una realidad que a veces parece no tenerlo. Que en todos los días . de nuestra vida, nos sea posible ir a dormir con la certeza de que nuestro cansancio ha valido la pena porque hemos dado a luz un trozo de Dios en algún trozo del mundo. Amén.
Oramos a María diciéndole que se alegre porque es llena de gracia y el Señor está con ella.