Lo conocí hace relativamente poco, en una de esas tantas misas de Caracol en las que solía acompañarlo haciendo de acolito. Su imagen ya me era conocida, era una de las personas que más había admirado, y ahora estaba ahí, sirviendo junto a él. Su prédica, su gusto por el vallenato, su afición a los amigos, su empeño por hacer del mundo algo mejor, me fue imprimiendo carácter. Un tiempo después de conocerlo, empezamos a frecuentar la ciclo vía de los domingos bogotanos. Hablábamos del vallenato y cantábamos canciones mientras la gente lo iba saludando con cariño, hablábamos por supuesto de Jesucristo, de su acción en nuestras vidas y de lo que nos había enamorado de Él. Así, fuimos forjando amistad. Compartíamos almuerzos, cenas, frecuentábamos el restaurante más costeño de Bogotá. El ejemplo de su vida iba imprimiendo en la mía un sello que no se borra nunca. Escucharlo hablar de Dios era para mí un privilegio.

Un día sin saber por qué, luego de tantas caminatas, me hizo una propuesta que habría de cambiarme la vida. Me pidió que trabajara junto a él en la Emisora Minuto de Dios. Para mí fue un destello, o como el mismo lo diría: fue sublime. Sin saber por qué, sin entender sus razones, sin explicarme nada, sencillamente creyó en mí, y eso, a mi modo de ver termina siendo el regalo más valioso que una amistad puede brindar. Me puso retos, me enseñó lo que era morirse por evangelizar. Un año trabajamos juntos, viajamos muchas veces, lo vi frustrarse muchas veces cuando las cosas no salían bien, predicamos juntos alguna vez, hicimos televisión juntos una docena de veces y otras tantas en la radio. Ese fue su legado en mi vida.

Recuerdo que una vez, mientras caminábamos en la plaza de comida de un centro comercial tratando de encontrar un restaurante vacío, me dijo: “la verdadera amistad es la que no puede brindarte nada, la que quieres solo por la amistad, no por lo que ella te pueda dar”, y sí, lo entendí desde entonces. Yo no podía ofrecerle nada, y sin embargo, me apoyó, me acompañó y me brindó su amistad. Eso, repito, es lo sublime.

Carta

Sé lo enredado que debes tener en este momento la cabeza. Sé que la decisión no ha sido fácil y que la soledad de verdad mata. Entiendo claramente la toma de tu decisión, y aunque es un golpe fuerte, no dejo de estar alegre por tu felicidad. De ti aprendimos muchas cosas. Quienes hemos tenido la oportunidad de compartir la vida contigo, sabemos que cada momento de compartir es una oportunidad para aprender algo nuevo. Ya sea sobre algún libro que hayas leído, sobre alguna experiencia que hayas tenido, o sobre un vallenato que te ande rondando la cabeza. Hoy, entiendo con claridad aquello que me recalcaste una y otra vez: “Al Minuto de Dios uno no viene para hacerse cura, uno viene para aprender a ser una buena persona y un excelente Eudista”.

Sería injusto reprocharte la decisión. Quien se atreviera a hacerlo, o no te conoce o es un fanático. Nos has demostrado con valentía lo que escribiste en aquel libro ‘El poder de las decisiones’, la trascendencia que una de ellas puede tener en la vida y la importancia que tiene tomarlas, aunque duela. Esa es una de las mejores lecciones que nos dejas con tu decisión, una valiente, transparente, y sobre todo coherente.

De ti he aprendido lo importante que es tener un buen libro que leer, o el beneficio que trae consigo escuchar a Sabina cuando se está triste. De ti he aprendido que la amistad es pa toda la vida, y que lo único que nos debe mover es Jesucristo. De ti he aprendido a mirar en la inmensidad del mar que se evidencia en la terraza de Burukua, la grandeza del amor de Dios. De ti he aprendido lo importante que es caminar una noche de domingo por las calles de Bogotá cantando vallenato. De ti he aprendido que el Reino de Dios es para todos y que quienes lo intentan encerrar pierden el tiempo. De ti he aprendido, al igual que con El Principito, que lo esencial no se puede ver con estos ojos físicos, sino con el corazón, y que con el corazón se ven las cosas buenas de la vida, la amistad, el cariño, la compañía.

Podría resumir en este breve texto todo lo que de ti he aprendido, me faltarían páginas para hacerlo. Solo me queda agradecerte, por enseñarme a disfrutar a García Márquez y a Salcedo Ramos de la misma manera que disfrutaba el vallenato. Por recordarme lo valioso que soy y por haber creído en mí, cuando ni yo mismo lo hacía con tanta fe. Por recordarme constantemente la importancia que tiene ser una ofrenda viva. Gracias mi querido amigo Alberto, por ayudarme a descubrir el valor de la verdadera amistad. Gracias por presentarnos al Jesús libre de parapetos y bisuterías en el que siempre has creído, por recordarnos que la propuesta de Dios es una propuesta de libertad para el hombre y no una de esclavitud, por hacernos creer en un Dios tan cercano al que incluso le podemos decir con respeto ‘el Man’. Gracias por enseñarnos que la verdadera fuerza de Dios es la que nace de adentro, la que Él ha puesto en nuestros corazones, por recordarnos que somos más valiosos de lo que los demás puedan decir.

Sé que no es el final de tu vida, sino el comienzo de una nueva. Una cargada de muchas ilusiones y sueños, una llena de retos del mismo calibre. Una nueva vida para seguir aprendiendo de ti, para seguir descubriendo la importancia que tiene el ser amigo, el acompañar al ser que se quiere. Que sea una oportunidad para recodar los viejos tiempos con gratitud y para seguir construyendo en este nuevo tiempo un mundo más justo y digno, para llevar a cabo el proyecto de Jesús. No queda más que agradecerte y recordarte que cuentas con la oración de cada uno de los que te queremos y de los que apoyamos tu felicidad. Sin más palabras, cierro diciendo como diría Joaquín, “a mis amigos no los juzgo, me limito a quererlos”. Gracias.