El que cree que los niños no entienden, quien no entiende es él. Y hay muchos que lo creen. Cuando hay niños presentes, unas veces hablamos bajito, o desvergonzadamente delante, porque como no entienden… Y en la mayoría de las veces pretendemos que obedezcan y actúen con nuestra cabeza. O sea, se porten bien y no nos molesten con su aburrimiento, sueño o hambre que no son capaces de definir, pero que sienten todos en uno.

Me voy a la infancia y tengo claros en mi cabeza las idas al centro con mi mamá, en las cuales mi mente de niña deseaba tantas cosas y mi entendimiento me repetía no se puede porque no hay plata.

Somos seis hermanos que crecimos prácticamente juntos, es decir contemporáneos, menos el menor. Y había que pensar en cinco uniformes de diario, cinco de gimnasia, zapatos para diario y para gimnasia, y qué decir de la lista de libros, cuadernos, colores y arandelas, muchas menos que las de hoy, pero arandelas.

De manera que el canto de no hay plata lo escuchamos casi al tiempo que las canciones de cuna y teníamos muy claro de qué se trataba.

De la misma manera mi papá y mi mamá, almas benditas, se encerraban a pelear en su cuarto para que no nos diéramos cuenta y afuera los hermanos aunque no oyéramos, sabíamos exactamente lo que estaba pasando.

Eso sí, a la hora de jugar y berrochar, nos importaban un pito los problemas de los adultos, la falta de plata y lo que fuera y podíamos pasar horas jugando juntos a los vaqueros a, Dik tracy , Brick Bradford ( los personajes de los paquitos) y a lo que nos provocaba. Niños teníamos la capacidad de hacer de una silla el más veloz de los caballos y de la sala de estar valles, desiertos, otros planetas y otros tiempos, según fuera el juego o la necesidad.

Nunca la falta de plata nos impidió trepar arboles, hacer teatro con los vecinos o excursiones en los montes y llegar a comer y a dormir muertos de cansancio. Pero tampoco el ser niños nos impidió darnos cuentas de muchas cosas que los adultos pensaban que no entendíamos.

Hable con su hijo, escúchelo, permita sus preguntas y contéstelas y si de casualidad no tiene la respuesta dígaselo, comprométase a buscarla y respóndale. No ignore la voz de su hijo.