Al sentarme cada semana a escribir el blog, lo hago con una mezcla de ansiedad, miedo y gusto. Todo porque una quiere escribir algo siempre bueno, bien escrito e interesante. Que le guste a los lectores, que lo disfruten y, miedo de que esa conjunción no se de. Lo cual ocurre muchas veces.

Sin embargo, cada semana vuelvo a reunir el valor y escribo para presentar mis reflexiones que son pedazos de la vida vivida, pensada y manoseada. Pedazos de la experiencia que me costaron lágrimas y dolores o risas y alegrías. Escribir este blog, es un poco desnudar mi alma y de paso, desanudarla.

Es compartir con todos y todas mis conclusiones, apreciaciones, dudas. No las impongo, solo las presento amarradas a los sentimientos que experimento o experimenté.

Ese paseo me trae hoy en una pugna entre mi ayer, la tecnología y el mundo de hoy. Un mundo que tiene muchas cosas fascinantes y que me gusta; pero que a la vez me duele. Y no, no tengo nada contra el presente. Pero siento dolor cuando veo a la gente que camina pegada a un dispositivo y deja pasar a su lado tanta maravilla natural, tanto gesto de amor, tanto por compartir que se vuelve invisible ante el poder hipnótico de la pantalla.

Me duele cuando veo a niños encerrados en cuatro paredes viviendo un mundo irreal y recuerdo lo grato que era subirse a un árbol de frutas, correr, jugar en la calle, montar bicicleta en grupo e irse a explorar los montes.

Debe ser que me estoy haciendo vieja, seguramente. Pero agradezco haber tenido la fortuna de vivir mi ayer y poder disfrutar todas las maravillas que el hoy me trae. Hoy, estoy segura que nunca será más importante para mí la pantalla que la gente; la voz de los amados, que el texto de un whatsapp y poder caminar al aire libre en la madrugada, que azotarme por horas entre los hierros de un gimnasio.