La experiencia de la oración es una de las experiencias más sublimes que puedo vivir a diario. Salir del asfixiante círculo de la cotidianidad y establecer contacto con el Padre Dios, en la mediación de su Hijo Jesucristo, es motivo de ánimo, de fuerza, de paz, de serenidad y de alegría…

La experiencia de la oración es una de las experiencias más sublimes que puedo vivir a diario. Salir del asfixiante círculo de la cotidianidad y establecer contacto con el Padre Dios, en la mediación de su Hijo Jesucristo, es motivo de ánimo, de fuerza, de paz, de serenidad y de alegría. La oración es ese espacio en el que puedo experimentar el amor de Dios que me impulsa a seguir adelante. Por eso hoy quiero presentarles un simple itinerario para que crezcan en su propia experiencia de oración, y así puedan experimentar la paz, la seguridad y la esperanza que esta nos da.

Lucas 1,55-66, el relato del nacimiento de Juan Bautista como el cumplimiento de la promesa hecha por Dios, nos permite reflexionar en torno a tres momentos importantes para la oración:

1- Admirarse (1,65). El texto afirma: “Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas”. Aquí el temor no se puede comprender como miedo, sino como esa reacción que tenemos los hombres frente aquello que se sale de lo cotidiano y nos sorprende. Es la admiración que los hombres experimentamos cuando miramos con detenimiento los acontecimientos diarios y encontramos su novedad. No hay oración sin esa admiración. Sé que no es fácil en una sociedad en la que admirarse está pasado de moda y en la cual esta actitud se confunde con ‘ignorancia’ o falta de conocimiento. El hombre que no se sorprende ante la propia historia, ante los regalos de la vida, ante las manifestaciones del amor, no puede orar. La oración siempre parte de esa admiración que experimenta el hombre de saber que no todo cabe bajo el poder de su razón. ¿Cómo está tu capacidad de sorpresa? ¿Sabes admirarte ante la realidad?

2- Meditar (1,66). El texto afirma: “Todos los que las oían las grababan en su corazón”. No basta con admirarse, es necesario meditar. Podemos entender aquí la meditación como esa capacidad humana de preguntarse por el sentido de la realidad, por tratar de entender el ‘para qué’ de esas realidades, ‘el porqué’ de ellas. Se trata de encontrar lo que Dios nos comunica a través de esa situación que estamos viviendo. Cuando el hombre medita, es capaz de encontrar el sentido más profundo de las realidades humanas. No se queda en lo externo, sino que viaja hacia el interior de cada acontecimiento.

3- Estallido de alabanza (1,64). El texto afirma: “…Y hablaba bendiciendo a Dios”. El hombre que se admira y medita estalla en una oración de alabanza. Canta las maravillas de Dios. La oración de alabanza es muy necesaria para el hombre, porque lo hace centrarse en Dios y descubrir quien es Él. Cuando el hombre sabe quién es Dios también entiende quién es él mismo. La oración de alabanza libera, porque hace que el ser humano trascienda más allá de lo útil, inmediato y material. Cantar las maravillas de Dios hace que el corazón del hombre sea alegre y se llene de fuerza para vivir con seguridad.

Creo que tú, que me lees, puedes hacer de estos tres momentos tu propio camino de la oración y tratar de estar en contacto permanente con el Padre Dios que te ama. No se trata de inventar realidades sino, desde la propia cotidianidad, vivir momentos sublimes y realizadores. Te invito a orar, estoy seguro de que será lo mejor que te podrá pasar y saldrás bien preparado, para ser feliz y gozarte las bendiciones de Dios.