Qué difícil es no meterse en los asuntos que no me conciernen. Es que yo paso por el lado de una conversación y meto la cuchareta como si el caso fuera conmigo.

De la misma forma tiendo a decir a otros cómo deben vivir sus vidas, solucionar sus problemas o manejar a sus hijos. No sé qué tipo de arrogancia me hace creer la dueña de la verdad, o la experta en vida, si cada quien es cada quien y tiene el derecho a pensar con su propia cabeza.

Muchas veces quien nos cuenta una situación no quiere realmente un consejo, ni siquiera una opinión. Solo necesita ser escuchado y eso es precisamente lo que necesito aprender. A ser una buena escucha.

Entiendo que para serlo es necesario, fundamental diría yo, escuchar con atención, con interés, con solidaridad y compasión. Eso quiere decir que mientras escucho el celular no debe estar en mis manos, que no debo viajar con la imaginación a parajes encantados, que no me han nombrado el juez y que debo ponerme en los zapatos del otro y caminar en ellos varios kilómetros.

Pero no, una vez escucho no solo juzgo, estoy dispuesta a sentarme encima de la situación y a dar una opinión erudita sobre cómo debe ser manejado el suceso, que tan lejos debe ser mandado el personaje en discordia, o qué camino debe tomar el que me cuenta. En fin, pontifico sobre la vida que escucho contar.

Si participo con algo diferente a una frase de ánimo o de aliento debo hacerlo armada de argumentos de mediación que sirvan para suavizar, nunca para incendiar. Nadie me pidió atizar el fuego, a los fuegos hay que apagarlos porque queman y dañan todo a su paso.

De la misma manera me mantengo al margen cuando descubro hechos que pueden alterar la vida de otros. Eventualmente vemos cosas que realmente nos son lo que parecen, lo que creemos que vemos. Tras esas acciones puede haber historias que las precipitaron y que no tienen nada que ver con lo que creímos ver.

Una llamada para contar un hecho que a nosotros nos pareció puede dañar la vida de alguien y a la larga solo fue un espejismo de nuestra imaginación. Nos pusimos el traje de súper héroes y fuimos a ser los paladines de la verdad que resultó ser solo nuestra verdad, y en el camino solo dejamos cenizas.

Por todo eso, no es fácil no meterse en los asuntos ajenos, no es fácil dejar vivir a los demás como quieren hacerlo, no es fácil no meterse en lo que no nos importa. Pero por muy difícil que sea siempre hay que intentarlo.