La semana pasada leí un artículo de un consejero emocional, o coach como lo llaman hoy, que me dejó inquieta, muy inquieta.

Decía que debíamos aprender a soportar la incomodidad porque esta hacía parte de la vida. Y que la sociedad de consumo nos obligaba a pensar que teníamos que vivir totalmente cómodos; de tal forma que cualquier fila o tiempo de espera nos metía en un bucle de irascibilidad.

Soy de esas personas que se deja meter en ese bucle, en unas situaciones más que en otras. Seguramente espero con mayor paciencia en una fila que en un trancón vehicular, porque en la fila para pagar o para comprar algo no dependemos de nosotros mismos, dependemos de personas que atienden. Pero los trancones vehiculares se arman por personas maleducadas que nunca aprendieron a respetar los derechos de los demás y que crecieron creyendo que en todas las instancias de la vida debían ser los primeros. Haciendo gala de eso, se atraviesan en una intercesión y no permiten el paso o sencillamente creen ser dueños de las vías y se desplazan a las velocidades que les provoca.

Mi lucha diaria es precisamente, contra ese dejarme meter en la ira por la incomodidad. De tal suerte, que el pasado fin de semana se dañó el aire acondicionado de mi carro, convirtiéndolo en una olla de vapor – pasamos por temperaturas superiores a los 33 grados centígrados, que recibiendo el sol a través del panorámico deben ser 36 grados por lo menos – y resolví ir cocinándome durante dos días hasta que se dieron las cosas y pude arreglar el aire. Confieso que pasé la prueba.

Pero como la vida es como es y no como uno quiere que sea, el lunes, al empezar el programa de radio tuvimos una serie de contratiempos que me volvieron a meter en ese bucle y no solo un día, sino dos. Y caí mil metros debajo de lo que había logrado.

La vida se desarrolla como se desarrolla, a veces es favorable y las cosas se dan como uno lo espera. Pero la mayor parte de las veces no. Se va la luz, se dañan las neveras, la gente incumple, es egoísta, hace lo que le provoca y uno tiene que ser capaz de mantener el control sobre lo que si puede: Uno mismo. Lo otro es ser una veleta al ritmo del viento de aquí para allá llevados por las emociones y como a ellas les provoca y sin control. De tal forma, que se hace necesario aprender a convivir con la incomodidad.