¿Qué es en realidad el mandamiento del amor? ¿Lo hemos entendido? No lo creo. Soy atrevida al decirlo de esta manera tan categórica, pero tengo la bandera entre quienes no lo entendimos.

Cada día lucho contra mi egoísmo, que se resiste usando a la pereza y no dándole espacio a lo que es el amor verdadero. Ese amor que da sin esperar a cambio, que siempre está dispuesto a tender la mano al que está caído, que todo lo perdona, que es paciente, que olvida el daño recibido y que todo lo cree. Ese amor que no es precisamente de pareja y que se debe dar al otro sencillamente.

Reconozco que no es fácil seguir a Jesús, que me cuesta, y mucho. Que es muy, muy difícil perdonar, no esperar, no pedir a cambio, ser paciente, aceptar al otro sin criticarlo, sin cuestionarlo. No es grato ni sencillo acercarse a quien nos hirió, sin el recelo, el dolor, el miedo a la repetición o el orgullo maltratado.

Es casi imposible que mi yo, mi autoestima mal entendida, no se pongan sobre mí y me detengan a dar o a entender ese amor generoso y poco humano. A ese amor tan ideal que solo vemos desde nuestras miserias humanas, desde nuestra pequeñez.

Pero es precisamente a ese grado de amor al que le debemos apuntar todos. Esa es la meta y la hoja de ruta que debería guiar nuestra vida. Ese es el reto que nos lanzó Jesús.

Amar y servir de esa forma empezando por los nuestros, padres, hijos, parejas, hermanos, amigos, compañeros y después ampliar ese círculo a todos los demás. Y si no somos capaces de amar ni a los nuestros con esa forma de amor que describe Pablo en la primera carta a los Corintios, imagínese ¿qué queda para el resto de la humanidad?.

Si parto del principio de que quien me pide en una calle es un vividor, que los presos merecen su suerte, que los desplazados estuvieron de malas y pertenecen “a esa gente que solo busca robar las ayudas del Gobierno”; y si creo que servir es simplemente ayudar al cura en la parroquia o acompañar en los eventos eclesiales y no tiene absolutamente nada que ver con el prójimo o con quienes yo reconozco como tales, estamos muy lejos del entendimiento.

Es un reto enorme y lleno de pasiones y obstáculos, ¡sí que lo es! Que seguramente no llegaremos a eso, seguramente no. ¿Qué vale la pena intentarlo? Por supuesto. Aunque no lleguemos allá, el camino habrá valido la pena y terminaremos siendo mejores personas.