La educación, tiempo atrás, hablaba de ser estrictos y duros. Decía que a los bebes había que educarlos desde la barriga de la mamá, que si el niño lloraba en la cuna había que dejarlo llorar para no malcriarlo. Las correcciones eran a golpes, con castigos muy severos y los golpes llegaban a ser con látigo. Alguna vez escuché a una señora decir que ella había enseñado a sus hijos a no robar quemándoles las manitos.

En ese marco de cosas, a cualquiera le resulta muy difícil sobreponerse a esos esquemas educativos. Sobreponerse y amarse o sobreponerse y amar sanamente.

Ese método educativo connaturaliza con la violencia, la mete en la cotidianidad de tal forma que no tenemos claridad sobre qué es y qué no es maltrato. Nadie tiene claros los limites que el respeto por el otro debe dar, así se trate de padres a hijos; y es precisamente ahí, donde deben ser clarísimos esos límites.

En conclusión, en la educación de la que hablo no es fácil entender el amor sin que el maltrato esté presente, decir te amo y demostrar ese amor, puede ser interpretado como debilidad.

¡Qué maravilla si viviéramos expresando amor! Dándolo y recibiéndolo. Si en vez de gritos, descalificaciones e insultos, pudiéramos escucharnos, darnos la oportunidad de pensar el argumento del otro, y aceptar que lo que dice es cierto, o puede serlo. Qué maravilla que corrigiéramos, no desbordando la rabia en el otro, sino haciéndole ver su error; sí los castigos realmente enseñaran.

Qué bueno sería que pudiéramos deseducarnos, desmontar todos esos patrones de conducta equivocados que nos marcaron y nos reeducáramos en un pensamiento positivo, amoroso, respetuoso. Un manejo en el cual los niños fueran reconocidos como iguales, escuchados y ¡por Dios! jamás abusados o maltratados de ninguna manera.

Si nos fuera más fácil dar y recibir amor, sano, desprovisto de segundas intenciones, sin debilidades, sin abusos de poder, seguramente no tendríamos que vivir tragedias como las que a diario publican los medios en las cuales el horror y lo inimaginable arropan los sueños de nuestros niños.

No tendríamos que leer como nos matamos los unos y las otras porque nunca aprendimos a manejar nuestras emociones o a hablar sobre lo que nos gusta o no. Porque tristemente, nunca aprendimos a respetarnos.

Que distinto sería si pudiéramos entender y seguir el mensaje de Jesús “Aménse como yo los amé”.