Todos los cristianos estamos llamados a vivir a la manera de Jesús. Durante su ministerio, Él nos hizo muchas invitaciones: acoger al necesitado, incluir a los excluidos, establecer el Reino, entre muchas otras. Sin embargo, nos quedaremos con una muy importante, narrada en el evangelio de Mateo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La invitación que queremos resaltar es precisamente amar a los otros, teniendo como ayuda de medida el amor que Jesús tuvo con sus discípulos y con todos aquellos por los que dió la vida.

Amar al prójimo es la generalización del amor. En una sociedad como la de Jesús, que estaba acostumbrada a pagar con la misma moneda, esta propuesta de Jesús era sin duda novedosa y escandalosa. ¿Cómo amar a aquel que me ha hecho daño? ¿cómo entender que mi prójimo son todos aquellos que no soy yo, incluyendo las personas que me han destruido? Para ese tiempo, era quizá una propuesta inútil, sin sentido. Sin embargo, Jesús apuesta por ello.

Aunque han pasado más de dos mil años y nos encontramos en pleno siglo XXI, nuestra sociedad no vive muy alejada de la manera de vida de aquellos a los que Jesús les hablaba, pero lo que es aún peor y mucho más escandaloso: los cristianos no estamos dispuestos a vivir esta invitación. Hoy cuando hay cristianos siendo causa de división en un país, cuando encontramos cristianos condenando a todo aquel que no confiese a Jesús como el Señor, nos damos cuenta que no hemos aprendido a reconocer el verdadero valor de la invitación de Jesús.

Algo que debe quedar claro, es que no buscamos generalizar, no queremos que los cristianos que viven a la manera de Jesús, esforzándose por ser buenos y hacer el bien, se vean señalados, para ellos la invitación es otra: sigan haciendo bien al mundo. Esto va para ti y para mí, que quizá no nos atrevemos a acoger seriamente la propuesta de Jesús.

No podemos ir por el mundo condenando a aquellos que no crean igual que nosotros, no podemos hacer de las creencias un objeto de odio. No me imagino a Jesús castigando a todos aquellos que no lo reconocían como mesías, sino que lo confundian con Juan el Bautista, con Elías o Jeremías. No lo hizo, sencillamente porque no, su propuesta era otra.
Entonces ¿quiénes somos nosotros para acusar a quienes no confiesan la fe cristiana? y creo que la pregunta debe ser más profunda ¿qué esperas para amar a los que no piensan como tú? Lo siento querido hermano, pero si no eres capaz de hacerlo, sencillamente no eres cristiano, porque no te puedes sentir miembro de algo si no eres capaz de cumplir lo requerido para vivir como tal.

Todo esto puede sonar muy duro, incluso puede ser visto como un juicio, sin embargo, es necesario dejar claro nuevamente que no es de ninguna manera la intención. No estamos juzgando a nadie, no estamos diciéndole a nadie que se va a condenar, simplemente se trata de recalcar la invitación de Jesús: “ámense” dejando a un lado las diferencias, dejando a un lado el odio, para de esa manera darle paso al amor pleno: Jesucristo.

El padre Rafael García-Herreros, bajo esta invitación, planteó también una que logró hacer ruido: “Amarás al Señor tu Dios y a tu hermano el hombre” pidámosle a Jesús que nos conceda la gracia de amar como Él amó, con la capacidad de incluir, de darle oportunidad a aquellos que son distintos a nosotros en pensamiento o incluso a aquellos que nos han herido y nos han hecho daño.