Si algo he aprendido en todos los años que llevo contados siendo un soñador empedernido, es que uno por el futuro no debería preocuparse. Sin embargo, yo más de una vez he dejado que esa parte del tiempo (que no se si exista) me quite el sueño y me robe la concentración cuando estoy enfocado en algo que quiero conseguir. Entre otras cosas, porque como Florentino Ariza, tengo la extraña virtud de dar buenos consejos, de saber qué hacer en los momentos precisos, pero al instante de aplicar a mi vida lo que sé, acabo vuelto un ocho, y lo complico todo, porque así he sido, y así soy. Pero ahora quiero hacer una excepción y pensar en lo bueno que es vivir sabiendo que habrá un mañana, y que mis sueños de ahora se van a cumplir, que allá pueden pasar las cosas que quiero, sin quitar el lente de este eterno ‘ahora’ que al fin y al cabo resulta siendo lo único seguro que tengo para llegar a vivir en el mañana.

No es un pajazo mental. Yo prefiero llamarle esperanza. Y además prefiero hacerla el motor de mis acciones. Porque que feo vivir pensando que todo irá de mal en peor. O vivir creyendo que el futuro va a ser siempre más malo. O dejarse llevar por aquella consigna que tanto daño nos ha hecho y que versa: “todo tiempo pasado fue mejor” y no, no es que el pasado haya sido mejor, y vayamos para atrás, no es que obligatoriamente el futuro vaya a ser un asco y por eso debamos tenerle tanto miedo como se le pueda.

Si soy sincero, a mí en ocasiones me asusta pensar en el futuro. Sin embargo mi miedo no está allá, sino en lo que estoy haciendo acá. Entre otras cosas porque entiendo el futuro como el resultado de mis jugadas hoy. Por eso me esfuerzo por tomar buenas decisiones aunque a veces no lo consiga. Otras veces me he mortificado la vida pensando en lo que quiero que pase, y resulta que nunca ha pasado nada de eso que he querido porque me he quedado solo pensando y pensando. Hoy estoy seguro que ya no quiero vivir afanado por lo que pueda pasar, y eso no significa que no viva esperanzado en lo que quiero que pase.

Hoy entiendo que habrá un mañana, y que parte de lo que conformará ese mañana, es decisión mía hoy. La otra parte está en manos de aquello que trae la vida y que yo no puedo controlar. De situaciones que se salen de mis manos, pero a las que igual tengo que enfrentar. Personas que llegarán a enseñarme a ver la vida de otra manera y que me impulsarán a hacer otras apuestas. Lo que sí sé es que no es tiempo de cerrarme a las infinitas posibilidades que trae consigo cada día.

Por otro lado, entiendo además, que hoy estoy viviendo cosas que son el futuro de aquellos tiempos en los que soñaba con hacer y ser lo que ahora hago y soy. Y pienso también que hoy es el mañana de ayer. Y que ya este mañana no será más, que vendrán más sueños, más proyectos y más desencuentros. Que también las crisis cambiarán, y que las frustraciones de hoy pasarán a segundo plano, o se convertirán en otras. Hoy entiendo que siempre habrá mañana, y quizá eso es lo que me inspira a dar lo que tengo, a dar a la esperanza el puesto que merece.

Por ahora (y espero que por siempre) sin afanes. Viviendo este hoy que algún día será mañana. Viviendo este mañana que no será más ayer. Disfrutando este hoy que ya es el mañana de ayer.