A ella nadie le enseñó. Aprendió a serlo mientras lo hacía. No hubo un manual que le dijera cómo, ella solo le puso aquello que se le pone a las cosas para que salgan bien: amor. Supo ponérselo a las noches de fiebres que nos atosigaban, en cada paño de agua fría para apaciguar la fiebre que le dolía más a ella que a nosotros. Supo ponérselo a las incontables noches en las que pasábamos haciendo tareas, a pesar de su cansancio y de la dura jornada que solía vivir. Supo ponérselo a cada comida que nos preparó cuando no éramos capaces de fritar un huevo. Supo ponérselo a todas esas tardes en las que la familia no tenía rumbo, en las que estábamos desestabilizados y perdidos. Supo ponérselo a cada cambio de casa, que con su amor inigualable siempre acabaron convirtiéndose en un hogar. Supo ponerle amor a nuestras inconsistencias y errores; a nuestros triunfos y fracasos; a nuestras caídas, en las que siempre ha estado dispuesta a levantarnos. 

Estoy seguro que si hoy soy quien soy, es gracias a su esfuerzo que me imprimió carácter y me enseñó a confiar en que todo siempre estaría bien. Si hoy me siento libre es gracias a ella que siempre me recuerda que cualquier decisión que tome será la mejor, y que su casa siempre será mi hogar. Estoy seguro que si hoy tengo algo de buena persona, es gracias al amor de mi mamá que siempre me repite sin decir una palabra, que vale la pena serlo. Estoy seguro que si hoy soy algo ubicado, que si hoy tengo sueños y metas, es gracias al esfuerzo de mi mamá que siempre ha querido que sea el mejor en todo, pero nunca me ha obligado a serlo. Estoy seguro que si me siento humano y lloro a veces, es gracias a ella que me recuerda siempre que estará allí para secar mis lágrimas como la primera vez que me caí de la bicicleta o el día que se murió mi cotorrita.

A ella nadie le enseñó a ser mamá. Yo la vi llorar de nervios cuando se enteró que yo dejaría de ser su último hijo, y que tendría que empezar a ser mamá de nuevo con la llegada de Vale. La vi reírse muchas veces con mis ocurrencias y llorar como una niña cuando por primera vez agarré un avión para irme lejos de la casa. La he visto sonreír tantas veces por videollamadas, que siempre espero las vacaciones, o cualquier fin de semana para agarrar un avión y poder observar en vivo esa sonrisa que no se compara con nada.

Hoy estoy más que convencido de que su amor es inagotable y que pese a mi constante ir y venir, siempre estará dispuesta a abrirme más que la puerta de su casa, las puertas de su corazón. Hoy estoy más que seguro que los años le han dado experiencia para ser más allá de la mamá ideal, la mamá que mis hermanos y yo necesitamos. Hoy estoy seguro que quiero hacerla sentir orgullosa de los esfuerzos que hizo por mí, aunque por su sencillez y amor desinteresado ella no me lo pida.

A mi amante de siempre, a mi mamá, a quien más que la simple vida, le debo el sentido que le voy dando; a quien más allá del bien y del mal siempre estará dispuesta a recibirme en donde ella esté; a quien le puedo dedicar con toda la tranquilidad del mundo, sin importar cuando lo lea aquel verso de la poeta Elvira Sastre: “para mí, cualquier lugar es mi casa si eres tú quien abre la puerta”.

Una oración por todas las mamás del mundo.