Rocío Ramos, considerada una súper niñera por su amplio conocimiento en la educación de los niños,  no duda al decir que los niños son desobedientes «porque tienen que serlo» y está bien que sea así «porque uno entiende la norma a partir de desobedecerla». Añade que así es como se producen las rabietas, que son el inicio de la inteligencia emocional de los pequeños.

Rocío Ramos, considerada una súper niñera por su amplio conocimiento en la educación de los niños,  no duda al decir que los niños son desobedientes «porque tienen que serlo» y está bien que sea así «porque uno entiende la norma a partir de desobedecerla». Añade que así es como se producen las rabietas, que son el inicio de la inteligencia emocional de los pequeños.

OJO CON ESTE ERROR

Sobre el manejo de la autoridad ella dice que: “El mayor error que comenten los padres es no mantener un castigo. Detrás de una mala conducta siempre tiene que haber una consecuencia. Si quiero que no repita ese mal comportamiento habrá que imponer un castigo y mantenerlo, y si quiero que repita una buena acción habrá que reconocérselo y si es el caso, concederle un premio. Si se es constante en esto, al final los niños asimilan que la norma es importante y aprenden los beneficios de la convivencia. Pero sobre todo hay algo fundamental que muchas veces no hacemos, hay que decirles a los niños que los amamos mucho, que ellos tengan esa certeza.

AHORA, O ANTES

—Lo cierto es que los niños de ahora son más inteligentes porque se les ha estimulado mucho. Tienen unos estímulos que antes no tenían hasta ser más mayores. Esto les hace ser más inteligentes. Es decir, que muchas veces el «porque lo digo yo» ya no les vale. Los padres requieren de otras habilidades para dar respuesta a sus contestaciones y constantes retos. Es normal que puedan sentirse desesperados por la actitud de los hijos y porque hay quizá un bombardeo de información que no siempre es práctica y que no siempre los lleva a saber cómo intervenir ante una rabieta, una mala contestación…

CUÁNDO PONER NORMAS

Desde el principio. Cuando a un bebé le damos de comer, le vamos ajustando poco a poco a unos horarios que, en definitiva, son normas con cierta flexibilidad. Al igual que sabe que cuando le bajamos la persiana o la luz  es que tiene que dormir. Con estas sencillas normas empieza a asimilar que existen límites. El gran problema llega cuando el pequeño cumple los dos años y medio y manifiesta grandes rabietas ante las que los padres se preguntan cómo es posible que un niño que era tan bueno y tan mono se comporte ahora de esta manera tan terrible.

 Evolutivamente a esa edad empiezan a asimilar que no todo es posible como él dice y que, a veces, hay que decirle que no. También hay otro momento muy complicado que es de 7 a 9 años, puesto que si no le hemos puesto normas y hemos accedido a sus deseos para que se calle o porque nos sentimos culpables por pasar poco tiempo con él, nos daremos cuenta de que a esa edad ya ha adquirido las habilidades suficientes para actuar, contestar y tener comportamientos disruptivos que son complicados de manejar por los progenitores. Lo que no hay duda es que entre los cero y los ocho años de edad el ser humano está preparado para cambiar de una manera especial y por eso aprenden tanto y de una manera tan rápida.

PROBLEMAS

Hay tantos problemas como familias y por eso los tratamos de manera individualizada. Pero, en general, entre los 0 y 3 años aparece el problema del sueño y la comida; a partir de los 6 a 9 es el incumplimiento de normas y el estudio y, después, la dificultad de negociar y comunicarnos con un hijo que no es niño pero tampoco un adulto.