VENIMOS DEL FUEGO, PERO CAMINAMOS HACIA LA CENIZA

Estoy para enviar a mi mensajero, al que despejará el camino delante de mí; pues pronto entrará en su santuario el Señor que ustedes piden. Fíjense que ya llega el mensajero de la Alianza que ustedes tanto desean, dice Yavé de los ejércitos. ¿Quién podrá mantenerse en pie cuando aparezca? Pues él es como el fuego de una fundición y como la lejía que se usa para blanquear. Purificará a los hijos de Leví y los refinará como se hace con la plata. Como el oro y la plata, volverán a ser auténticos y dignos de ofrecer a Yavé la ofrenda como es debido. (Mal 3,1–3).

La Cuaresma nos coloca frente a una paradoja profunda: venimos del fuego, pero caminamos hacia la ceniza. El fuego simboliza la pasión, la fuerza, el impulso con el que iniciamos caminos, proyectos y promesas; la ceniza, en cambio, nos recuerda la fragilidad, el límite y la verdad de lo que somos. Entre ambos extremos se despliega este tiempo sagrado de conversión.

La ceniza que se impone sobre nuestra cabeza nos recuerda nuestra fragilidad: “polvo eres y en polvo te convertirás”. Sin embargo, en clave eudista, esta fragilidad no es motivo de desesperanza, sino punto de partida para dejarnos recrear por el amor misericordioso de Dios, que no se cansa de buscar nuestro corazón para transformarlo según el Corazón de su Hijo.

San Juan Eudes entendió la vida cristiana como una vida centrada en el Corazón de Jesús y de María. Por eso, el Miércoles de Ceniza nos interpela directamente: ¿dónde está nuestro corazón?, ¿qué lo habita?, ¿qué lo aleja del querer de Dios? La conversión que propone la Cuaresma no se reduce a prácticas externas, sino que exige una transformación interior, un cambio real de mentalidad, actitudes y afectos.

“Conviértanse y crean en el Evangelio” no es solo una exhortación moral, sino una invitación a configurar nuestro corazón con el Corazón de Cristo, dejándonos formar por sus sentimientos, su obediencia al Padre y su amor entregado hasta el extremo.

Las prácticas cuaresmales tradicionales ayuno, oración y limosna adquieren en la espiritualidad eudista un sentido profundamente relacional. No se trata de sacrificios vacíos, sino de medios concretos para ensanchar el corazón y hacerlo más disponible a Dios y a los hermanos.

El ayuno nos educa en la libertad interior; la oración nos devuelve al centro, donde Cristo habita; y la limosna nos saca de nosotros mismos para amar de manera concreta y encarnada. Así, la Cuaresma se convierte en una escuela del corazón, donde aprendemos a amar como Jesús ama.

Caminar de la mano de este tiempo litúrgico es aceptar que no todo debe arder, que no todo debe permanecer. Solo aquello que pasa por la ceniza puede renacer purificado. Así, del fuego desordenado a la ceniza humilde, Dios va moldeando un corazón nuevo.

Juan Manuel Arismendi

Seminarista Eudista.

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