Al llegar a un lugar rodeado de una espesa selva y de un gran río, que navegamos por siete horas, al fin llegue a un hermoso lugar, de gente amable, sencilla, y cariñosa, alejados de mi realidad y yo de la de ellos. Muchos jóvenes llegaron ayudarnos con algunas cajas y unas cuantas maletas, lo hacían con gusto y con ánimo, bajo un fuerte aguacero lo disfrutaban y me contagiaban la alegría . Al adentrarnos al pequeño caserío la realidad nuevamente me golpea, no hay autos, y lo más curioso tampoco una bicicleta, y bueno la verdad no eran necesarios, era un lugar muy pequeño.

Al compartir con toda esta gente hermosa, escuchar a muchos niños y jóvenes iba aprendiendo mucho de ellos. Nuevamente hablo de la realidad a la que estoy acostumbrado en la ciudad. Todo lo tengo a la mano y no le doy mucha importancia. Ellos me hacían valorar todo desde el tiempo hasta la comida, la cama, pero sobre todo el agua, pues toca llevarla a la casa y cuidar muy bien de ella, para no desperdiciarla, todo esto en tarros, ollas, cualquier recipiente sirve.

Después de esta introducción un muchacho al que le decían: ‘Elkin’ se hizo amigo mío. Hablaré de él en estas líneas: Es un niño alegre, con unos zapatos llenos de parches y se notaba que ya los había cocido en más de una ocasión, lo más sorprendente es que jugaba fútbol sin zapatos para poder correr mejor, además que defendía muy bien y disfrutaba cada juego, su sueño es ser un gran futbolista.

Una mañana, el lugar se quedó sin agua, y con aquellos amigos, fuimos montaña arriba arreglar el daño. Yo llevaba unos zapatos color marrón que le gustaron mucho a Elkin. En ese momento pensé: ‘se los voy a regalar’ no eras muy nuevos pero estaban bien. Al cumplir nuestra misión de arreglar el tubo dañado, bajamos por un lugar lleno de piedra, era difícil de atravesar. De un momento a otro, mis zapatos se rompen un poco y la suela se despega, y para mí ya quedan listos para la basura.

Junto con nuestro amigo Elkin regresamos a la casa provisional, que las personas de la misión nos habían facilitado. Lo primero que hice fue quitarme los zapatos rotos y confirmar que ya estaban demasiado dañados, como para seguir usándolos. Eso era lo que pensaba yo, pero Elkin los miraba con otros ojos, hasta que se animó a decirme: No vaya a botar esos zapatos señor, aún sirven, sólo necesitan un buen remiendo y yo soy un experto en eso. Volví a caer en cuenta de sus zapatos que a todas luces habían sido muchas veces remendados.

En ese momento Elkin me dio varias lecciones: Valora las cosas, darle solución a los problemas y reutiliza lo que aún sirve. Le pregunté al Elkin, si podía arreglarlos y dijo: Claro que sí, ¿para cuándo los necesita?, y tranquilo que no le cobraré nada, usted es mi amigo, nuevamente impactó mi corazón, pues él no esperaba nada a cambio y me prestaría su servicio con alegría.

Le dije inmediatamente después de recibir todas estas lecciones de vida: Esos zapatos son tuyos y te aseguro que tú me enseñaste muchísimo en este gesto. Él saltaba de alegría, como si fuese algo nuevo o el mejor regalo del mundo, me abrazaba y me agradecía. Decía que con esos zapatos metería muchos goles. Al atardecer llegó con sus zapatos ya remendados y le dijo a uno de sus amigos: ‘Mira mis zapatos nuevos’ sonriendo.

Hagamos de las cosas sencillas algo nuevo, sacando una sonrisa.