Este señor vive solo en su casa. Es una casa un poco triste, un jardín descuidado, unos salones silenciosos, unos retratos antiguos. Este señor pasa su tiempo leyendo. Su única distracción es ir diariamente a la bolsa a ver el movimiento de sus negocios y escuchar presagios. Este señor vive prácticamente solo, con sus libros, y aparentemente nada más.

Tiene una filosofía especial: Él dice que lo mejor es ver “los toros desde la barrera”. No meterse en nada. No complicarse la vida. Cuando se le habla de colaborar para obras sociales, apela ordinariamente a su evangelio particular, diciendo: “Jesús dijo que pobres debe haber siempre y que no hay para qué cambiar el mundo”.

Cuando aparece este programa de televisión y ve la piedra de los benefactores, rechaza el pensamiento de que él mismo pudiera ser inscrito en ella. Y le parece simplemente un absurdo, ya que él quiere “mirar los toros desde la barrera”.

Verdad que ha leído la historia y sabe que el Imperio Romano cayó en manos de los bárbaro porque quienes podían salvarlo no lo quisieron. Él sabe también que el imperio cristiano cayó, en España, en manos de los moros porque los cristianos no fueron conscientes de su deber y luego tuvieron que soportar siete siglos de esclavitud; y sabe que el imperio de los zares se desplomó porque los dirigentes de esa época no comprendieron ni cumplieron su deber.

Pero su filosofía es no comprometerse y vivir tranquilo. Por su parte, se siente fuerte todavía, aunque tiene sesenta años y ha empezado a sentir extrañas pulsaciones en su corazón.

Hace algún tiempo, el chofer lo llevó por equivocación al barrio El Minuto de Dios. Era una tarde de sol. Muchachos y muchachas jugaban al básquet, mientras un grupo más serio leía en la biblioteca. El señor se quedó mirándolo todo, y se preguntó:

– ¿Por qué el padre no hará más casas?… ¿Por qué el padre no comprará el terreno adyacente para ampliar la obra? ¡Sería magnífico que, en lugar de trescientas casas, hubiera mil!

A este señor se le vinieron multitud de pensamientos, ideas y amables sugerencias de lo que se pudiera hacer. Cuando se iba alejando de barrio, oyó un grupo de veinte muchachos, niños, que cantaban desde unos jardines. En ese momento, sin saber por qué, desde el fondo de su ser brotó una palabra. Era ésta:

– ¡Yo soy un miserable! ¡Yo soy un miserable!

Después atravesó calles con casas de latas, que aguardaban la redención, y al cerrar sus ojos vio en sus retinas un letrero que decía:

– ¡Yo soy un miserable!

Cuando llegó a la casa, abrió el bello libro que estaba leyendo, pero no pudo continuar. Sin saber por qué, se repetía este reproche:

– ¡Yo soy un miserable!

Cuando apareció este programa de televisión y se vio “ la piedra de los que pensaron en sus hermanos en 1963”, bajó la cabeza y volvió a escuchar el reproche duro y sincero:

– ¡Yo soy un miserable!

Pero acaso este reproche que todos debemos hacernos ¿no es el principio de las cosas bellas en la vida?

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