¡Cuánto ha cambiado mi percepción de la semana santa desde la niñez a esta parte! Esos cambios son de los que lo hacen pensar a uno que la vida, de verdad, es solo un ratico. Cuando niña, la semana santa se vivía como un duelo terrible. Un duelo que tocaba todos lo ámbitos de la vida.

La música que sonaba en la radio era clásica únicamente y la programación habitual en radio novelas y demás, desaparecía. El ayuno, que para mí era horrible, era comer pescado. Detesto el pescado, el olor no me es agradable y entonces era una verdadera tortura. Recuerdo viernes santos que pasé hasta las 5 de la tarde, sentada frente a un plato ya frío del almuerzo con pescado porque “No te levantas de la mesa hasta que no almuerces”.

Los días eran grises y los oficios religiosos y procesiones larguísimos y de miedo para una mente infantil.

De joven, ni pensaba en el significado religioso de Semana Santa. Para mí, igual que para la juventud de hoy solo eran ocho hermosos días de vacaciones.
Hoy, que entiendo qué celebramos, de qué se trata el ayuno y para qué es bueno, y que soy vieja me gustaría tener las herramientas adecuadas para evangelizar a los jóvenes y acercarlos al amor infinito de Jesús, a su coherencia, a su fuerza y a todo el significado de la palabra Misericordia.

Hicieron una encuesta entre universitarios y una de las entidades en la que menos creían, tristemente, al lado de la clase política, era la Iglesia.
Y, es que debemos, como el Padre Misericordioso, tener para los jóvenes, los brazos abiertos y dispuestos para darles amor, tolerancia y comprensión. Que sientan a través de nuestro ejemplo, ese amor maravilloso que da Jesús que nos recibe siempre con perdón, sin regaño, sin juicio y sin condiciones.