¿Por qué valoramos cuando perdemos y no mientras tenemos? Perdemos seres queridos, parejas, amigos, perros, gatos y hasta cosas que nos duelen al no estar; y nos pasamos la vida ignorándolas, les pasamos por encima, sin siquiera verlas, mientras las tuvimos al lado. Nuestra educación debe tener como valor principal el amor, el tenernos, el saber que eso es el más preciado bien. Las cosas materiales son necesarias y no digo que no, pero los humanos son esenciales en nuestra vida.

Sabernos queridos y saber querer debe ser el primer abecedario que practiquemos porque ese nos hace fuertes, sensibles, valorados y poderosos. No hay herramienta de ningún tipo o cosa de enorme valor que pueda superar el saberse amado, así se viva en una caja de cartón.

Aprender a comunicarnos no es solo decir lo que pensamos es saberlo decir sin que medie una emoción destructiva. Es aprender a decir lo que sentimos antes de acumular galones de “fui obligado, detesto el fútbol, odio las comedias musicales” Es decirle al otro, en paz, no me gusta que pongas la toalla mojada en la cama. Pero no, esperamos acumular cientos de veces lo de la toalla en la cama para soltar al otro, llenos de furia, que es un asco porque hace eso. Y de paso, le añadimos todos los defectos que le hemos conocido para hacerlo puré. Porque en ese momento no nos anima un deseo de negociar. Ya a esas alturas, queremos destruir, aplastar y ganar al precio que sea. Es decir, nos dejamos ir.

Alguien me dijo una vez que cuando sufrimos un duelo, se llora el amor que no se expresó, las palabras erradas que se dijeron, los gestos hirientes que se hicieron, el perdón que no se dio. Entonces, ese dolor grande, enorme, que de por sí es la pérdida de una vida, nos acompaña, nos amarga y nos maltrata por el resto de la vida y como si fuera poco, nos dedicamos a cobrar a los otros, por el hecho de estar vivos, esa amargura que nos dejó nuestra pérdida.

Es por eso que tenemos que desaprender la forma en que nos educaron, si esta no estuvo basada en el amor expresado y acariciado. En el amor de las segundas oportunidades y las conversaciones. En el amor que sabe ponerse en los zapatos del otro, que comprende, que perdona. En ese amor que nos permitiría construir un mundo más sano, un mundo mucho mejor.