La muerte se ha sido uno de los temas de los que menos nos gusta hablar, porque supone el fin de la vida y  esto genera una serie de miedos que afectan directamente nuestro existir. No obstante son muchos los temas que se desprenden de la muerte y muchos los mitos alrededor de ella.

Para el Cristiano la muerte no es sinónimo de fin, sino de esperanza y de inicio de una vida nueva o eterna, en la que se llega a estar por siempre con Dios. Esta realidad, al igual que todo ser humano la vivió Cristo, quien no se quedó en ese estado sino que resucitó de una vez y para siempre, venciendo el pecado y la muerte.

En el marco de la Semana Santa, la iglesia conmemora la pasión muerte y resurrección de Jesús, lo que conocemos como el triduo pascual. Esta celebración constituye el centro o fundamento del cristianismo, en tanto que Jesús al morir en la cruz venció la muerte resucitando para dar vida nueva a toda la humanidad. Ahora bien, ¿cómo comprender la celebración, del viernes santo en la que se conmemora específicamente la muerte de Jesús?

Durante éste día se celebran dos momentos. Primero, la pasión del Señor en la que conmemoramos los sufrimientos que tuvo que pasar antes de su muerte. Se inicia con la traición de Judas entregándolo a las autoridades judías quienes lo acusan de blasfemo y le piden al emperador Poncio Pilato que debe morir. Jesús es azotado y posteriormente en segundo lugar es condenado a muerte. No fue suficiente la condena, sino que además tuvo que cargar con la cruz hasta el calvario donde fue crucificado.

Todos los sufrimientos que vivió el Señor, incluida su muerte, ¿qué implicaciones tiene para la vida del cristiano? La muerte de Jesús no fue en vano, ni fue el fracaso de su proyecto de salvación, al contrario, fue en la cruz donde alcanza el grado más alto de su glorificación, es en la cruz donde Jesús demostró el gran amor por la humanidad como dice la escritura: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que  tenga vida eterna.” (Jn. 3,16). También nos dice el evangelista Juan que la venida de Cristo al mundo, fue para dar vida y darla en abundancia (Jn. 10,10) de ahí que la muerte de Jesús se haya constituido en el cumplimiento de esa promesa, no por el acto de morir, sino porque ese acto es el paso al misterio grandioso de la resurrección, de ahí que morir con Cristo es pasar a una vida nueva en la que todo será felicidad eterna, en el seno del Padre celestial.

Por eso es que la celebración del viernes Santo, es la celebración de la esperanza, porque en ella podemos contemplar y reconocer que Cristo con su muerte nos ha dado vida, porque quien muere con Él, también vive con Él. Pero, ¿qué es morir y vivir con Él? Es vencer el pecado, es pasar de una vida sin sentido a una vida plena en la que nada ni nadie pueda separarnos del amor de Dios (Rom. 8,39). Cuántas personas viven como muertas, sin encontrarle sentido a la vida, sin tener esperanza,  pero si morimos con Cristo, con Él vivimos, si dejamos que Él se forme en nuestro corazón, seremos otro Cristo en la tierra y sabremos que por muy fuertes que sean las tormentas, nada tememos porque Él nos sostiene  y nos hace renacer a una vida nueva.

La invitación especial es para vivir la celebración del viernes Santo con esperanza y con la fe profunda en que Cristo murió para darnos vida. Unámonos  a su muerte de tal modo que podamos morir al pecado y las situaciones que nos amarran y no permiten que experimentemos la alegría de vivir renovados por la acción del Señor.

Termino esta sencilla reflexión uniéndonos a los sentimientos de San Juan Eudes quien nos invita a contemplar el misterio de la muerte de Jesús con un amor especial a los sufrimientos y padecimientos de nuestra vida cotidiana en unión a los de Cristo.

“Tú has sufrido, amabilísimo Jesús, los tormentos de la cruz y de la muerte con tal amor a tu Padre y a nosotros que tu Espíritu Santo hablando, en las Escrituras, del día de tu pasión y de tu muerte, lo llama el día de la alegría de tu Corazón,  para mostrar que habías puesto tu gozo en sufrir, que a imitación tuya yo también, Salvador mío, coloque mi alegría en las penas, desprecios y sufrimientos como en aquello con que puedo darte más gloria y amor. Infunde estas disposiciones en mi alma y graba en mi corazón un odio profundo a los placeres de la tierra y un afecto particular a los trabajos y sufrimientos”.  Amén. (San Juan Eudes)