En mi entendimiento, los santos eran personas fuera del común. Gente que nació privilegiada porque tenía un don extraordinario de resistencia y de fe.

Un don que los ponía muy lejos de nuestro humano alcance y comprensión, tenían a su lado, además, personas que podían atestiguar esa perfección de vida y esa capacidad infinita de resistencia al dolor que los había subido a los altares.

¡Qué lejos estaba uno de ser santo! Jamás pudo pasar por nuestra imaginación. La santidad era solo para los hijos elegidos de Dios. Si hoy en día hay tanta dificultad al respecto y pasa tanto tiempo e investigaciones para que alguien sea beatificado o canonizado; aún con milagros comprobados luego de mil cuestionamientos, ¿quién repararía en nosotros, personas del común que vivimos una vida del común, para elevarnos a los altares?

Pues el Papa Francisco acaba de publicar su Llamado a la santidad y desde él nos hace ver que una cosa es ser llevado a los altares y otra muy diferente es ser santos.

Dice el Papa, que cada creyente o no creyente puede dar lo mejor de sí mismo en el área en la cual se desempeña y vive. Que siendo serviciales y generosos, brindando amor, siendo respetuosos del otro, haciendo nuestro trabajo con lo mejor de nosotros, no sembrando cizaña, desposeyéndonos de la ambición desmedida o de la vanidad y del orgullo fútil, nos acercamos a la santidad.

Probablemente no seremos reconocidos como tales; es decir, como santos. No celebrarán un día en nuestro honor y no tendremos estatuas en las Iglesia; pero habremos criado una familia buena, sembrado amor, respeto y comprensión a nuestro alrededor. Les habremos dado a los nuestros una forma ejemplar de vivir y también una vida grata, que los acerque a Jesús, que lo tengan como un referente de vida y que cuando nos recuerden, recuerden el paso y la vida de Jesús en este mundo.