Éxodo 17: 10 – 12: “Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. 11. Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. 12. Se le cansaron las manos a Moisés, y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol.”

Cada vez que leo este texto me acuerdo de las formas en que Dios actúa, aunque muchas veces nos dejamos llevar de la imagen de aquel Dios del antiguo testamento, que se nos muestra como un castigador, cuando verdaderamente su amor es la mejor imagen. Estas palabras nos reflejan el amor de aquel que es amor y por eso al leerlas debe recordarnos que somos hijos privilegiados por la gracia de Dios. Te comparto esta anécdota que viene a continuación donde me sentí resguardado de su misericordia y victoria.

Era un jueves cálido y alegre como todas las mañanas del mes de Octubre. Estaba leyendo las noticias mientras tomaba un café como buena compañía mañanera. En un lapso de tiempo miré el reloj para revisar mi agenda y recibí una llamada, de las muy pocas que recibo, de unos de mis hermanos, donde me decía que mi papá estaba hospitalizado desde hace dos días con un marco de infarto de miocardio. Mi sorpresa fue notoria, mis sentidos cedieron ante el sentimiento de aquel momento donde mis palabras fueron ausentes por mucho tiempo. Pensé en un futuro sin mi papá, en las consecuencias que aquel suceso y, lo que más daba vueltas, era que no había podido hablar con él. Al colgar busqué la manera de llamarlo o con contactarlo a través de mis hermanos, pero mis intentos fueron en vano. Al final de la tarde me devolvieron una de las llamadas, para decirme que estaba en observación y podía visitarlo en la mañana del día siguiente.

De bruces en la cama cuando la noche vislumbraba con fuerza, en mi cuarto sentía un dolor en mi pecho al saber que cualquiera cosa podría pasar y no podía abrazarlo. Me daba escalofríos. Tenía miedo. A la mañana siguiente llegué a la hora estipulada de la visita con el corazón en la mano, aunque en mi exterior sonreía para dar ánimo si se necesitaba. Pude pasar la primera puerta y por la ventana pude verlo sonreír. Cuando llegué lo abracé tan fuerte que quise llorar, pero respire hondo, como si el aire pudiera llevarse aquel sentimiento, y empezamos a hablar de su estadía. Él estaba feliz y me decía que quería salir para seguir trabajando. Como tenía poco tiempo, le dije que le mandara un saludo a mis hermanos entonces empezó a llorar porque tal vez pensaba en que la vida puede irse en un segundo y tenía miedo de dejarlos en la inmensidad de este mundo. Al final lo hicimos, y cuando estuve en mi trabajo, entré al santísimo, y le pedí a Dios que le diera larga vida, era la súplica de un hijo, el clamor por un padre. Necesitaba que escuchara mi oración, aunque simple y repetitiva era todo lo que tenia.

Pasado algunos días el diagnóstico médico era esperanzador y me sentía tranquilo. Cuando lo visitaba que hasta me preocupaba, ya que la mayoría de los que hacían fila conmigo mostraban en su rostro una pena tan grande. Mire al firmamento y solo tuve que agradecer a quien habita en el cielo por tan hermoso regalo de escucharme. Mientras escribo estas líneas mi papá se encuentra en su trabajo sonriendo como siempre, llevando el ritmo de su vida, con sus luchas y tristezas y nunca sabrá que oré por él, en el silencio de mi alma tantas veces …Es posible que pases por esta situación querido lector, pero ten presente que en las batallas más negras tus ojos verán la gloria de Dios.