Eran las doce del medio día y el sol golpeaba fuerte como las tardes de agosto, que no tienen compasión del hombre. Nos encontrábamos en RadioMinutón y disponíamos de una semana de actividades concernientes a ello. Era sábado y realmente era muy tranquilo con respecto a los demás días, que se caracterizan por un ajetreo, acompañado de ocho horas diarias continuas, que reducen las fuerzas y aumentan las ganas de que el fin de semana sea el paraíso del que tanto hablan. No había evento grande, pero si transmisión radial la cual minutos antes me habían llamado de estudios para realizar un pequeño reporte, de las personas que asistan al evento.

Debo confesar que no era lo mío, sin embargo, acepté el reto como muestra de mi servicio y disposición. Al poco tiempo, llegó un señor acompañado de su esposa, eran dos ancianos que esporádicamente visitaban la librería para hacer su ofrenda, pero esta vez lo hacían por el RadioMinutón. Los conocía, y me saludaron con alegría, sobretodo, el señor que era con quien había compartido más tiempo.

En el transcurso de la conversación, le dije que si podía entrevistarlo para un especial de la emisora; Él, entre risas, me preguntó. ¿qué es lo que debo decir? En ese instante, llamó el operador para decir que la entrevista era por vía telefónica, mientras respondí la llamada, le dije que eran dos preguntas. El tiempo era corto y debíamos salir al aire. Con mis pocas facultades de comunicador, empezamos la entrevista con lo básico: El nombre y de dónde venía. Luego, le hice la primera pregunta, ¿Por qué escuchaba la emisora Minuto de Dios? Algo pasó, su rostro cambió de semblante. Las risas se esfumaron por completo y un ambiente lúgubre se extendió por todo el lugar. Con la mirada perdida en el horizonte, pero seguro de lo que estaba por decir, se acercó al teléfono: “Hace cincuenta años estaba preso en la droga. Empecé desde chico y no pude dejarla. Es más, le hice daño a ella –señaló a su esposa mientras una mano estaba en su bolsillo- y mucho, de verdad. – Su voz empezó a entrecortarse- Un día escuché esta emisora y me bastó una prédica en la madrugada para cambiar lo que era. No fue fácil, pero aquí estoy. Llevo diez años sin droga encima”.

A esa última expresión le acompañó un suspiro, cargado de alegría. Parecía un niño pequeño. Esperé un par de segundos mientras se reponía para continuar. Inamovible, el señor con una seña me dijo que siguiera. Con un tono apocalíptico y temblando le pregunté: ¿Qué haría si la emisora Minuto de Dios saliera del aire? La respuesta fue un sollozo fuerte que conmovió mis sentidos. Sus ojos brillaban mientras lágrimas descendían sobre sus mejillas y con movimientos lentos buscaba a tientas su pañuelo. Logró sobreponerse y murmuró: “No podría vivir…” Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me quedé sin palabras, sin aliento. Esas tres palabras habían causado, una explosión en mi pecho, dándome razones para seguir creyendo, esforzándome, dando hasta el último impulso.

Encontré fuerzas y trague en seco toda emoción para despedir ese espacio diciendo: “Este es el mensaje que envían nuestros hermanos a los oyentes que aún no se han acercado a nuestras sedes…sigan ustedes con más información en estudio” Los señores se habían ido y logré divisarlos hasta que se confundieron con la gente y ese día entendí de verdad, la emisora del Minuto de Dios transforma vidas…