Durante el último Ángelus del mes de agosto, el Papa en su catequesis del evangelio de Mateo (16, 13-20), en el que Jesús pregunta sobre la percepción que la gente tiene de él, y la que tienen sus discípulos. Todo con el fin de mirar la fe de los que caminan con él; nos invita a seguir construyendo nuestra iglesia.

Al preguntar lo que las personas decían de Jesús, ellos respondían que era un profeta. El Papa nos dice que sí, evidentemente el hijo de Dios es un profeta, pero no es lo único que define su vida y misión en la tierra. Luego al plantear la pregunta a sus discípulos, esperando una respuesta mucho más profunda, de los que acompañan su caminar; Simón Pedro, iluminado por Dios contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Nos recalca el Santo Padre que estas palabras brotaron de la boca de Pedro, pues entre los doce él fue el elegido por Dios para revelarle esta verdad mesiánica.

Con esta respuesta, Jesús comprende que gracias a la fe que Dios puso en Simon, está listo para ser fundamento de la iglesia y por eso le dice: tú Simón eres Pedro- es decir piedra, roca – y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

El Papa nos dice que la invitación de hoy no es solo para Pedro, sino que todos somos rocas, pequeñas sí, pero muy valiosas, comprometidos a seguir construyendo. Cada piedra es preciosa y viva, porque pasa por las manos de Cristo, y además cada una tiene unas características y unos carismas que la hacen única y especial , porque Jesús toma cada piedra, la hace suya, la llena de vida, de Espíritu Santo, y gracias a su amor, tenemos un lugar y una misión en la iglesia.

El Santo Padre destaca del Evangelio, que Jesús hizo de Pedro, el centro visible de comunión para su Iglesia, y que Pedro tampoco era una piedra grande, pero al ser tomado por Jesús, se convierte en centro de comunión, y no sólo Pedro, sino aquellos que han sido llamados a ser sus sucesores, los llamados Obispos de Roma.

El Papa Francisco, finaliza pidiendo que nos coloquemos en manos de María, que le pidamos a nuestra Madre que nos sostenga, que nos acompañe, y de la mano de ella podamos realizar plenamente aquella unidad y comunión, por la cual Cristo y los Apóstoles han rezado y han dado sus vidas.