“Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que me pongas en paz y alegría, con todos los santos, Jesús, José y María”.

Esta es la oración que muchos hemos aprendido desde pequeños, para invocar al ángel custodio, símbolo de aquel invisible escolta que nos ha sido asignado desde lo alto, que vigila sobre nosotros y que nunca nos deja solos.

Los ángeles son criaturas de Dios puramente espirituales, que están en su presencia, para servirle y para contemplarle en la gloria de su rostro. Pero, también, con instrumentos del amor divino y signo tangible del amor de Dios hacia nosotros.

Figuras celestiales presentes en el universo religioso y cultural de la biblia, conocidas por religiosas antiguos y orientales, los ángeles son representados generalmente como seres alados. El origen de su nombre está en el vocablo griego ángelos, es decir, “mensajero”, en cuanto fuerza mediadora entre Dios y la tierra.

En el lenguaje bíblico, el termino indica un enviado que cumple un encargo, con una misión. Aparece 170 veces en el Nuevo Testamento y 300 en el Antiguo Testamento, con la función de una milicia celestial, subdividida en 9 jerarquías: Querubines, Serafines, Tronos, Dominaciones, Potestades, Virtudes celestiales, Principados, Arcángeles y Ángeles.

Los padres de la iglesia han escrito páginas de alta doctrina y numerosos santos han recomendado con insistencia esta devoción:  Santo Tomas de Aquino, San Juan Bosco o el Padre Pío, quien en muchas ocasiones afirmó haber tenido con ellos un diálogo intenso y cotidiano.

Cuando las personas están en dificultades y con necesidades, recurren espontáneamente a la ayuda de los ángeles custodios.