191 “Estas tres partes son distintas aunque están ligadas entre sí. Según una comparación empleada con frecuencia por los Padres, las llamamos artículos. De igual modo, en efecto, que en nuestros miembros hay ciertas articulaciones que los distinguen y los separan, así también, en esta profesión de fe, se ha dado con propiedad y razón el nombre de artículos a las verdades que debemos creer en particular y de una manera distinta” (Catch.R. 1,1,4).

Según una antigua tradición, atestiguada ya por S. Ambrosio, se acostumbra a enumerar doce artículos del Credo, simbolizando con el número de los doce apóstoles el conjunto de la fe apostólica (cf. symb. 8).

Haciendo referencia a las Tres Personas Divinas, aquí se nos muestra como cada una de las Personas Divinas tiene una particularidad, pero al mismo tiempo, al integrarse se nos revela que son Uno y Trino, que en cada uno de los artículos o verdades encontramos, la esencia de cada uno de ellos, al mismo tiempo que se articulan para mostrar el conjunto y la unidad en la fe que profesamos.

192 A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas, han sido numerosas las profesiones o símbolos de la fe: los símbolos de las diferentes Iglesias apostólicas y antiguas (Cf. DS 1-64), el Símbolo “Quicumque”, llamado de S. Atanasio (Cf. DS 75-76), las profesiones de fe de ciertos Concilios (Toledo: DS 525-541; Letrán: DS 800- 802; Lyon: DS 851-861; Trento: DS 1862-1870) o de ciertos Papas, como la “fides Damasi” (Cf. DS 71-72) o el “Credo del Pueblo de Dios” (SPF) de Pablo VI (1968).

A lo largo de la historia, ha habido la necesidad de ofrecer a los creyentes, la profesión de fe, que la Iglesia, ha ido actualizando, en la misma medida en la que se han presentado herejías o deformaciones del credo, también algunas de estas profesiones o símbolos, responden a quienes han realizado esta tarea tan importante para toda la Iglesia.

193 Ninguno de los símbolos de las diferentes etapas de la vida de la Iglesia puede ser considerado como superado e inútil. Nos ayudan a captar y profundizar hoy la fe de siempre a través de los diversos resúmenes que de ella se han hecho. Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de la Iglesia:

194 El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque es considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia de Roma. Su gran autoridad le viene de este hecho: “Es el símbolo que guarda la Iglesia romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó la doctrina común” (S. Ambrosio, symb. 7).

195 El Símbolo llamado de Nicea-Constantinopla debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios ecuménicos (325 y 381). Sigue siendo todavía hoy el símbolo común a todas las grandes Iglesias de Oriente y Occidente.

A medida que se va caminando en la fe, gracias a la acción del Espíritu Santo, se ha ido profundizando en la revelación de la Santísima Trinidad, por eso se va encontrando mayor conocimiento acerca de la fe, es una fuente que no se agota, que de ella, manan nuevas perspectivas, para comprender la fe en la cual creemos, pudiendo dar razón de ella. De los dos Símbolos ya presentados, ya conocemos su importancia, es fundamental rescatar, que en ellos encontramos las verdades más importantes de nuestra fe, sería bueno, no solo conocerlos, sino profundizar, como hace el Catecismo de la Iglesia Católica.

196 Nuestra exposición de la fe seguirá el Símbolo de los Apóstoles, que constituye, por así decirlo, “el más antiguo catecismo romano”. No obstante, la exposición será completada con referencias constantes al Símbolo de Nicea-Constantinopla, que con frecuencia es más explícito y más detallado.

A continuación se presentará en detalle el Símbolo de los Apóstoles, para que podamos comprender de mejor manera, lo que cada artículo y verdad expresada, dan a nuestra experiencia de fe cristiana.

197 Como en el día de nuestro Bautismo, cuando toda nuestra vida fue confiada “a la regla de doctrina” (Rom 6,17), acogemos el Símbolo de esta fe nuestra que da la vida. Recitar con fe el Credo es entrar en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es entrar también en comunión con toda la Iglesia que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos:

Este Símbolo es el sello espiritual, es la meditación de nuestro corazón y el guardián siempre presente, es, con toda certeza, el tesoro de nuestra alma (S. Ambrosio, symb. 1).

Como cristiano bautizado, asumir este Símbolo de fe, le da verdadero sentido, a lo que somos, es fundamental, tener claro lo que creemos y porque creemos, no se trata de vivir una simple doctrina, sino que es el estilo de vida, en la cual establecemos las columnas para poder vivir una experiencia de fe auténtica, sostenida en la Santísima Trinidad, sabiendo que viviendo cristianamente, alcanzaremos la coherencia necesaria, para iluminar a todos los que nos rodean, ya que transparentando a Dios, seremos auténticos hijos de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo y Templos del Espíritu Santo.