Crecí pensando que la misericordia era un sentimiento muy parecido a la lástima, un sentimiento que de alguna forma me ponía en una posición de superioridad sobre aquel que estaba en desgracia.

Hasta que me llegó el momento de acompañar a mi mamá en los últimos años de su enfermedad y los papeles se invirtieron. Hice por ella en la vejez, lo que ella hizo por mi cuando bebé. Con el mismo amor la bañé, la alimenté, le cambié los pañales y la acompañé.

La vi sufrir calladamente, sin hacerle peso a nadie hasta que la vida le dolió y le dejó de importar. En el momento que la vi tan frágil, tan lejos, tan doliente, el egoísmo que me hacia aguantarla a la vida aunque ya su cuerpecito no daba más, cedió y surgió lo que para mi inició el entendimiento de lo qué es misericordia.

Me dolió su dolor, lo sentí más que nunca. Entendí que mi egoísmo no podía superar al amor y al entendimiento de que ya, aquello no era vida. Pensé en ella y pedí a Dios que no la dejara sufrir más.

Misericordia no es lástima, me atrevería a decir que ni se parecen. Misericordia es ponerse en los zapatos del otro de tal manera, que te despojes del rol de juez. Es entender en tu carne la debilidad del otro, su dolor, su miseria y darle la mano como al hermano que es. Como te gustaría que te la dieran si fueras tú el que ha caído.

Pero misericordia empieza por ti. Cualquier sentimiento hacia el otro te debe haber tocado primero, lo debes sentir hacia ti. Te debes perdonar, mirar tus errores con benevolencia y con la decisión de no repetirlos. No te castigues infinitamente, no te niegues lo que te provoca; pero sobre todo, no te maltrates. No puedes ser misericordioso con el otro si no has tenido esa misericordia para ti primero.

Eso te hace empezar a entender que les quiso decir Jesús a los Fariseos cuando les dijo: “Vayan, pues, y aprendan lo que esto significa: ‘Quiero misericordia, y no sacrificio’”; pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Y pecadores somos todos.