Por estos días hemos estado hablando de la misericordia en un programa de radio. Jesús fue un maestro de la misericordia. Pudo perdonar en la cruz a quienes lo pusieron allí luego de martirizarlo de la peor  forma. No solo físicamente, es que fue maltratado psicológicamente. Y además de perdonar, pidió por ellos al Padre.

Teniendo ese ejemplo, la lucha que nos queda a nosotros que creemos en Él es sumamente grande y en algunos momentos, confieso que  es casi imposible. Hay hechos para los cuales la capacidad de misericordia es muy limitada.

Y es que pienso en los que abusan a los niños chiquitos, o los que se roban la plata de la comida que da el gobierno para los colegios públicos, o los que se apropian de entidades como el Bienestar y se lo roban sin vergüenza alguna…

En ese momento, cuando pienso en esos que se enriquecen a punta del dolor, el hambre y la salud de la gente pobre que no tiene la capacidad de exigir, que ni siquiera sabe que el ser ciudadano le permite exigir. Siento que me hierve la sangre y quisiera poder hacer más que denunciar por la radio, quisiera hasta hacer justicia por mi mano.

Y no creo ser la única que siente eso. Por nada del mundo  quisiera asomarme al dolor de una persona a cuya madre o hija asesinaron de manera brutal, no quiero.

Y ahí es precisamente donde está el reto de ser misericordioso. Y de mirar a los ojos de alguien saber que no te destinaron como juez  y poder perdonar.

No es fácil, nadie dijo que lo fuera, para Jesús tampoco debió ser fácil perdonar a quienes lo pusieron en la cruz, pero hay que darse la pela y buscar llegar a ese punto.

Pido ayuda a Dios, cada día, para ser misericordiosa, para perdonar fácil aún las cosas pequeñas porque ser misericordioso es una labor dura y diaria.