El otro día leí una noticia de china sobre un niñito de unos 7 años, que caminó 4 kilómetros con 9 grados bajo 0 de temperatura y llegó al colegio con el cabello y las pestañas  completamente congelados, llenos de hielo  y eso me llevó a pensar, en nuestros niñitos colombianos que también caminan kilómetros y a veces deben montar en tarabitas sobre ríos caudalosos y  abismos profundos y pensé, ¡caramba! Somos afortunados y desagradecidos.

Nos pasamos la vida quejándonos de las carencias, de las necesidades y pasamos por encima de las bendiciones sin valorarlas, peor aún, sin agradecerlas.

Se encuentra una con tanta gente amargada que trabaja sin ganas, que atiende  desagradablemente, que no saluda y mucho menos sonríe. Que culpa al mundo entero de sus tragedias interiores o de sus guerras y  pasa la factura por ellas. Gente que no valora su trabajo, que pelea cada día con los suyos, que nunca tiene una palabra grata para nadie. Gente para la cual  el mundo entero tiene la culpa de sus errores, no asumen responsabilidades, no cumplen  y critican todo, a todos  y por todo.

La salud, la familia, el techo el pan y el trabajo, los amigos y los amores,  cosas que creemos merecer, por nuestra linda cara. Y no, no merecemos nada, es que somos afortunados. Todos lo somos. El solo poder levantarnos cada día, es ya una fortuna.

Cuando tengamos la plena conciencia de eso, podremos entonces vivir agradecidos y nos dejaremos de quejar.

Darnos cuenta de lo bueno que tenemos, mirar para los que son menos afortunados y no hacia quienes tienen más, empezar a agradecer cada cosa que nos hace la vida más llevadera, pensar en el otro, tratarlo como quisiéramos ser tratados, ayudar y servir a los demás.

Cosas tan sencillas y elementales de decir, como de empezar a practicar. Es solo tomar la decisión y eso, nos da paz, nos ayuda a ser mejores personas y nos acerca un poco más a Jesús.