Me gusta ver las luces de navidad, me gustan los sentimientos que se expresan en la navidad, el sentido de la  navidad siempre me marcó, pero la impronta comercial que se ha impuesto en esta época,  realmente me deprime.

Me deprime, y eso está claro, que lo material desbanque a lo fundamental que el  renacer de Jesús en la vida. Navidad es abrirle la puerta al amor, la misericordia y la paz que significa tenerle en la vida es una renovación anual con su amor, que debemos regalarnos todos los humanos.

Pero le damos más trascendencia a la ropa, los regalos y las fiestas que a Jesús y allá cada uno con cómo vive la navidad.

Independientemente de ese sentir espiritual, a mí me dan en navidad una nostalgia y una tristeza inexplicables.

He dado muchas vueltas a los sentimientos que se me revuelven en estos días del año, incluso he tratado de exprimir mi memoria en busca de un recuerdo maluco que me haya podido marcar y ha sido en vano. Nada, no recuerdo nada que me precipite la revuelta navideña.

Cosa curiosa, porque es el mismo sentimiento que me  da el día de mi cumpleaños, un no sé que, no sé dónde,  que me hace querer estar bajo la cama como cuando era niña y me escondía para que no me regañaran y allí solía quedarme por horas imaginando fantasías o dramas extremos.

Son solo esos días los que hay revuelta en mi ánimo. No tengo nada por lo que quejarme, he sido bendecida  siempre, con unas de cal y otras de arena, pero bendecida.

Tengo una vida buena y grata, una familia que me rodea y me ama, un trabajo que me encanta. Es decir, vivo agradecida con Dios que me ha dado lo que necesito para tener ese bienestar. Y sin embargo en navidad y el día de mi cumpleaños, quisiera volver a estar bajo la cama hasta que ambos días se acaben y no logro saber por qué.