Obispo y Doctor de la Iglesia (340-407). Juan, santo arzobispo de Constantinopla, la gente le puso el apodo de “Crisóstomo” que significa: “boca de oro”, porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.

Nació en Antioquía (Siria) en el año 347. Era hijo único de un gran militar y de una mujer virtuosísima, Antusa, que ha sido declarada santa también.

Hacia el 340 se siente llamado a la vida consagrada, se retiró a la soledad del desierto por casi 6 años. después regresa fortalecido en el Espíritu y se forma para ser sacerdote.

Queriendo corregir el comportamiento de sus lectores, no duda en acusar abiertamente a los que cometen errores. Por esta razón muchos campesinos y gente sencilla se acerca para escucharle, pero también se gana el odio de diversas autoridades, al sentirse aludidos por ser corruptos.

Es nombrado obispo de Constantinopla, pero el obispo Teófilo y la emperatriz, se unen para enviarlo al exilio. Así Juan, conoce la humillación. El emperador Arcadio, conocedor de la situación y teniendo en cuenta que el pueblo está de parte de su obispo (Juan) lo trae de vuelta a la sede arzobispal.

Su regreso es un verdadero triunfo, así el obispo empieza nuevamente la evangelización de los campos, la creación de hospitales, las conferencias contra las herejías arrianas y el las homilías la denuncia de los vicios e hipocresías.

Por esto es enviado al exilio nuevamente hacia la orilla del mar muerto. Muere el año 407.

Para tu vida

San Juan Crisóstomo fue profeta de su tiempo, en tanto que anunciaba lo que ardía en su corazón, es decir la palabra de Dios, y también porque denunciaba la corrupción y la maldad. En la actualidad son pocos los que se atreven a denunciar las injusticias más bien, terminamos acostumbrándonos y acomodandonos a un sistema en el que los valores y la dignidad del ser humano no cuentan. Procuremos con firmeza, ser profetas de nuestro tiempo, de modo que el bien pueda imperar sobre el mal.