El sol brillaba con fuerza como los atardeceres de Abril que penetran la piel hasta sonrojarla, sin embargo, la muchedumbre se mantenía firme y sobrevivía con el aventón de sus pañuelos y las pocas botellas de agua. Una señora tal vez de unos ochenta años se sentaba para reposar esperando la llegada de Francisco y me pidió el favor de que le llevara su silla a un lugar más cómodo donde pudiera estar sin tanta gente. En el camino iniciamos una conversación y le pregunte que con quien venía, a lo que ella me dijo:

-Vengo de muy lejos… hoy me podría haber acompañado mi gente, pero que te puedo decir… – titubeó un poco y respiro hondo – A mi esposo lo asesinaron hace treinta años en la zona rural donde vivo, con él tuve cinco hijos. Los tres primeros fueron asesinados como su padre en una disputa de tierras; el cuarto sufre de convulsiones y por lo que sabes la salud para nosotros es tan incierta como el pan de cada día. Mi último hijo se me lo llevó preso la policía…Vivo con algunas nietas pero cada una está por su cuenta, cuidando sus niños como pueden. Me desplazaron tres veces de mi finca porque en cada una de ellas llegaba la guerra.

Le coloqué la silla en el lugar y cuando me dispuse a hablarle tomó la palabra.

– He sufrido, pero aquí estoy con mi vejez en este lugar, porque creo que no todo está perdido…aquí puedo orar por los míos y sentir que están aquí.

Su mirada permanecía constante en el horizonte y me regaló su mejor sonrisa. Al escuchar esa historia sentí que mis problemas eran pocos, aunque creo que cada uno lleva los que están acordes a su vida, sin embargo, la guerra se encarga de enseñarnos a ser fuertes cuando solo queremos vivir. El rostro de la guerra puede ser de un niño que empieza a caminar, del campesino que ha dejados sus tierras, de la mujer que llora a los suyos… La guerra no tiene acepción de personas. Algunos la han vencido, otros, se han quedado en ella pero los más valientes han aprendido a sobrevivir no solo con sus fuerzas sino con la fuerza de Dios. Ese día me enseñaron que quien resiste tanto dolor y se mantiene en pie es porque tiene la gracia de Dios.