Los psicólogos dicen que cuando algo no te gusta en el otro es un reflejo de lo que no te gusta tuyo y es verdad. Una verdad dura, que golpea, duele y te debe obligar a reflexionar profundamente para que crezcas y mejores.

En la semana que pasó tuve tres oportunidades de mirar cosas mías que no me gustan a través de terceros. Cosas que al día de hoy me tienen reflexionando profundamente porque uno se suele mirar de forma complaciente, elástica. Se cree perfecto y con la capacidad de elevar el dedo índice de la mano para señalar a los demás sus defectos y decirle cómo debe vivir.

Me encontré con una compañera de colegio que hacía miles de años no veía. Caminaba como si fuera la dueña del mundo. Llegó hasta donde yo estaba y de manera que sentí condescendiente me dijo. “Hace como cuarenta años no te veía” y tras un breve intercambio de palabras ella siguió su camino y yo el mío. El encuentro me impactó de alguna forma porque aquí estoy escribiendo sobre eso.

El segundo, ocurrió con otra compañera del colegio que tampoco veía desde esa época. Surgió de la nada “Voy a Barranquilla y me gustaría verte” y claro, a mí también me hubiera gustado verla. Pero no se dieron las cosas porque sí, porque no, en fin, no se dieron. Me dejó entonces un mensaje áspero y grosero de reclamo.

El tercero fue menos trascendente pero igual de impactante. Con mi hermana amada que es la mejor relación que he tenido en mi vida. Noté que me contestaba feo y seguido y cuando le dije no te tienes que poner brava por todo, ella me la soltó suavemente. “Así le contestas tú a la gente, no era la intención, pero ya que se dio, aprovecho y te lo digo…”

¿Por qué me chocó tanto la vista de la primera compañera, porqué me impactaron las otras circunstancias? Tal vez lo de mi hermana es lo más claro porque sobre eso he venido trabajando conmigo, al parecer sin éxito. Lo del celular tengo la claridad de ser muy capaz de hacer lo mismo y eso me hizo dejar un mensaje de respuesta en un sentido muy diferente y poniendo un puente para mantener el contacto.

No me he atrevido a analizar totalmente el primero. Me asusta conocer esa respuesta y ver en ese espejo que soy arrogante, despectiva con los demás y convencida que la verdad es mía y de nadie más. ¡Me asusta!

Porque caminar al lado de Jesús significa ser humilde, amoroso, dispuesto, servicial y pendiente del otro. Y si ese espejo me muestra un lado mío, que es lo contrario, debo volver a empezar mi trabajo para tratar de ser mejor y más coherente. Para darle sentido a ese seguir a Jesús que me parece el ideal de vida por excelencia, aunque en ese andar vaya yo a kilómetros de distancia de sus huellas.