¿Qué hacer ante el sufrimiento? me preguntó la señora de ojos negros y mirada triste. No le podía responder en abstracto porque, de alguna manera, el sufrimiento es singular, personal, propio, aunque a la vez sea de todos. Por ello, le contesté con otras preguntas y trate de ubicar qué era lo que le hacía sufrir para darle alguna palabra que le ayudará a construir sus propias respuestas…

¿Qué hacer ante el sufrimiento? me preguntó la señora de ojos negros y mirada triste. No le podía responder en abstracto porque, de alguna manera, el sufrimiento es singular, personal, propio, aunque a la vez sea de todos. Por ello, le contesté con otras preguntas y trate de ubicar qué era lo que le hacía sufrir para darle alguna palabra que le ayudará a construir sus propias respuestas. Sin embargo, me quede pensando en la pregunta que ella me había realizado y les quiero proponer algunas reflexiones que obtuve después de consultar mi almohada y de tratar de leer la vida en clave espiritual.

Hay que evitarlo cuando se pueda. Sí, hay sufrimientos que se pueden evitar. Muchos dolores son causados por decisiones mal tomadas o por desatenciones que tenemos en la vida. Es preciso, ser inteligentes, razonar bien, discernir, proyectar y tratar de comprender las realidades en todo su amplio contexto para decidir bien y evitar sufrimientos innecesarios.

Hay que aceptarlo. Nuestra condición humana marcada por la fragilidad y la temporalidad nos pone ante algunos sufrimientos que no podemos evitar sino aceptar, como la muerte de alguien que amamos, la enfermedad las rupturas que se dieron por las circunstancias y condiciones de la vida. Esos dolores no lo podemos evitar; pero sí vencerlos a través de la aceptación. Forman parte de nuestra vida y así habremos de asumirlos. Los tenemos allí y los dejamos cumplir su función de hacernos crecer, de ayudarnos a tener una mejor visibilidad de la vida, de hacernos saber que estamos vivos. No hay palabras mágicas que los hagan desaparecer; ni, mucho menos, se pueden cercenar cuando se instalan en el corazón a vivir. Lo que no debemos hacer es dejarlos convertirse en los obstáculos que no nos dejan ser felices, sino hay que convertirlos en catapultas que nos lleve a mejores situaciones.

Se trata de construir el duelo. De saber que nada podemos hacer para quitarlos de allí, pero que podemos hacer todo para que no sean anclas que no nos dejan navegar en el mar de la vida. Disculpen ustedes, pero voy a poner un ejemplo muy personal: “En estos días, conversando con mi mamá, me contaba que nunca se le quito el dolor de la muerte de su mamá. De eso hace 30 años. Me dijo la vida nunca volvió a ser igual. Experimenté emociones que no conocía, ese acontecimiento me hizo estrenar dimensiones de la vida que no había tenido, ni en mi niñez, ni en la adolescencia, ni en los primero años de casada”. Mientras ella me confesaba eso, yo la veía luchar por nosotros, sus seis hijos, por su hogar, por su relación con mi papá… la veía bailar los carnavales y emocionarse con nuevos proyectos, la veía desafiar la vida y decirle decididamente que no estaba dispuesta a ser derrotada por su problemas. Ella supero el dolor, eso lo prueba la vida que ha vivido a nuestro lado y toda la alegría que expresa en sus acciones; pero ese dolor no se fue. Quedándome claro que el dolor no tiene que irse del todo, como tampoco puede ser un palo en la rueda de la vida, lo tenemos que aceptar para poder seguir adelante cosiendo el tejido de la existencia con los hilos de colores alegres y brillantes. Cuando se acepta el dolor comienza a formar parte de lo que nos hace ser mejores.

Encontrarle sentido. Soy de los que creen que las cosas pasan para algo. Me cuesta creer que todo es fruto del azar, de la casualidad y de las relaciones probabilísticas. Por eso, más allá de encontrar la causa del sufrimiento, o del dolor, que a veces se hace objetiva y otras una búsqueda infructuosa; lo que necesitamos es saber para qué sucedió, qué me enseña. Estoy seguro de que esto no se puede hacer sino es desde una dimensión espiritual, desde esa capacidad humana de trascender a todo lo que vemos, tocamos, vale y da placer. Cuando vemos, desde la fe, esas experiencias le encontramos un sentido que nos plenifica y nos hace tener menos miedos.

Celebrar la vida. Quienes sufrimos estamos vivos. Por ello, el sufrimiento tiene que ser una razón para celebrar nuestro estar vivos y nuestro poder seguir luchando porque las cosas sean distintas y mejores. Celebra la vida y no te quejes más.