Para estos días de navidad y fin de año, de la mano con las carreras, las fiestas, los encuentros y los kilos de más, vienen las evaluaciones que se hacen del año ido y por supuesto, los propósitos para el año nuevo.

Yo misma he caído en eso y me propongo dejar de fumar, organizar las cuentas que acumulo en un cajón una vez las pago, botar lo que no uso, regalar la ropa que tengo guardada, donar los libros a la biblioteca y todo se queda en solo intención, cuando la procastinación se apodera de mi.

Los compromisos familiares, el tener que ir, el  tener que hacer y la pereza misma, se apoderan de mi tiempo libre y cuando pasa el año y las vacaciones, resulta que no hice nada de lo que había pensado.

No sé si por justificarme, que es muy posible,  he llegado a la conclusión que las evaluaciones deben ser diarias, porque hacemos bien o mal en el día a día y dependiendo de las circunstancias.

Por eso resolví que ya no hago propósitos de año nuevo. Cuando el año termina hago un balance de mis bendiciones para agradecer a Dios que me acompañó con su luz y su fuerza y me trajo hasta ahí. De la misma forma que agradezco las dificultades porque con ellas crecí y aprendí a superar.

Nos hacemos maduros, cuando enfrentamos sin titubeos, porque el miedo a ciertas situaciones nos va acompañar, pero somos capaces de poner el pecho y asumir.

¿Maduré, crecí fui mejor? Si la respuesta es negativa, hay que seguir luchando. Si no lo fue, perseverando.