El lindo y antiguo reloj del corredor ha señalado las doce y media de la noche. En la lujosa alcoba, de finísimos muebles, doña Margot aguarda a su marido… Recostada contra la cabecera de la cama, pasa las horas rezando y llorando.

Cuando oye un carro, apaga la luz, creyendo que es su esposo que llega, porque a éste no le gusta encontrarla con la luz prendida… En la pieza cercana, se oyen los niños, que se mueven dormidos. Doña Margot no ha podido acostumbrarse a que su esposo llegue ebrio cada tres o cuatro días.

La pobre señora piensa con horror en que sus hijos, uno de los cuales tiene ya doce años, se van a despertar y se van a dar cuenta de que su padre está “enfermo”. Piensa en el ejemplo que se están recibiendo de quien debiera ser sólo el organizador de sus vidas, el orientador de todas sus existencias.

Considera esta tragedia suya de pasar dos veces por semana la noche en vela, porque lo es imposible dormir estando su esposo por fuera; y después, tener que cuidarlo durante el día siguiente, y al mismo tiempo tener que ocultarle a sus hijos el vicio de su padre, en espera de la otra recaída del tercer día.

Mientras ora, doña Margot, piensa sobre todo en su hijo, en su hijito Luis… Cuando esté grande, ¿seguirá el mal ejemplo de su padre? ¿Lo verá ella también entrar ebrio, cada ocho días, y manchar la vida y destruir toda su ambición y todo su ideal? ¿Tendrá que soportar esto toda la vida? ¿Podrá resistir este perpetuo dolor, esta angustia, esta honda pena?.

Si lo hubiere sabido antes… Si hubiera sabido que ese hombre que la pedía en matrimonio, a quien le entregaba todo su ser, su cuerpo y su alma, pero más toda su alma, no iba a ser digno de ella… ¿Qué debería hacer? No lo había. Había ensayado todos los medios: el cariño, las caricias, los consejos, las lágrimas… Últimamente había optado por el silencio. Un silencio que era un reproche y también eco de su corazón quebrantado.

Doña Margot había orado mucho, pero sobre todo había llorado mucho ante Dios. De repente siente que su hijo Luisito se ha levantado y se ha venido para su cama.

– Mamacita, ¿por qué no duermes?
– Hijo mío, estoy aguardando a tu papá.
– ¿Y papá, no ha llegado casi todos los días tarde y no viene a comer?

Doña Margot no sabía qué contestar. Tenía una nobleza exquisita y no quería decirle la verdad a su hijo de doce años.

– Tu papá se pone enfermo con mucha frecuencia y por eso no viene a comer con nosotros. ¿tú me quieres mucho, no es cierto?
– Sí, mamacita, pero duérmete y no llores. ¿Por qué estás llorando?
– Y cuando tú estés grande, ¿también me querrás, hijo?
– Sí, mamacita. Eso no se pregunta
– Entonces, prométeme una cosa…
– A ver, di, madre mía.
– Que cuando tu estés grande, nunca, nunca te pondrás enfermo como tu papá, y nunca llegarás así, enfermo, porque me partirás el corazón…
– Yo te lo prometo, madre. Nunca me pondré enfermo como mi papá. Nunca te dejaré esperando hasta las doce, porque eso te mataría.

Doña Margot, sollozando, besó a su hijo en la frente y lo mandó a acostarse a su cama. Al rato se oyó el pito de un carro… Era el de su esposo. Después sintió el golpe del parachoques contra la verja de la casa, y luego los pasos torpes y vacilantes del hombre. Subió las escaleras, y entró en su alcoba, difícilmente sosteniéndose de pie.
Mientras tanto, su hijito Luis lo espiaba por las cortinas de su cuarto. Apena sí lo reconoció. Le pareció feo que su padre, desgreñado y con una mirada que nunca le había visto. Él, que siempre había sido orgullosos de la apostura noble y elegante de su padre.
Tuvo deseo de ayudarlo porque creyó que se iba a caer, “que estaba desvanecido”, pero le contuvo un extraño sentimiento de vergüenza, de pena y de disgusto por la “enfermedad de su padre”.

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