En su típico lenguaje poético, el autor del Génesis nos presenta un bello relato del rompimiento de la comunión primigenia entre los hombres, que es la otra cara de la misma moneda de lo expresado en el relato de caída de Adán y Eva. El relato lo conocemos con el nombre de Caín y Abel. Inmediatamente les pido renunciar a la posibilidad de interpretar de manera literalista el ensayo. Que nadie me pregunte cuánto medía Caín o en qué parte del cráneo le dio el golpe a Abel. Lo importante en este relato está en la necesidad de descubrir que el ideal de las relaciones humanas no está en el odio, la violencia, la muerte o la guerra; sino en la armonía y la comunión en medio de las diferencias. Caín representa a todos aquellos que son incapaces de asumir una actitud pacífica en la resolución de conflictos y que, además, creen que la violencia y la negación del otro son forma de resolver las diferencias. La razón que esgrime el autor del Génesis como motivo de violencia contra otra, es la comparación frente al otro -que está obteniendo mejores resultados en su trabajo, en su profesión, en su familia y, en general, en su vida- y en la consecuente envidia que de ella resulta.

La violencia no está en los planes de Dios. La violencia es invento humano. Es el fruto del mal uso de la libertad y de la cerrazón del hombre frente al hombre y frente a Dios. El pecado no es sólo de Caín sino de todos aquellos que creen que la violencia es camino de solución de conflictos, olvidando que toda violencia engendra más violencia. La expulsión del paraíso, más que un castigo de Dios, es la consecuencia natural de la decisión humana de hacer violencia. Quien vive en violencia, vive en su propio infierno –lástima que algunos crean que el infierno es una realidad de la “otra vida”- y arderá en su incomprensión y en su dolor. El hombre se expulsa del paraíso –que es entendido como un estado de paz, serenidad, armonía y tranquilidad interior- y así queda marcado con la huella de la violencia.

¡Maldito el que hace violencia! No porque Dios no lo ame y quiera verlo destruido, sino porque no tendrá sosiego y tendrá que caminar la existencia buscando lo que tenía antes de dejarse arrastrar por sus impulsos. La violencia es la manera de abandonar la bendición de la comunión con Dios y con todos. Quien olvida que el otro es un hermano, un compañero de camino y que así atenta contra él, tendrá que asumir el peso de su propia culpa. Ningún fin justifica la violencia. Estoy seguro con Jesús –y desde otro tipo de experiencias religiosas con Gandhi- que siempre será mejor morir que matar. Ninguna cruzada, ninguna inquisición, ningún plan de destrucción al diferente tendrá cabida en la experiencia cristiana. Lástima que nos hayamos quedado en la dramatización del relato como una historia de un hombre en particular y se nos haya olvidado hacer la paz como una opción por la no-violencia a la que somos llamados todos. No son pocos los que leyendo la Biblia –algunos hasta invocando al Dios del amor- se dedican a hacer la guerra. Me niego a una paz dada en la negación del otro, me niego a la violencia como instrumento de cambio social, me niego a la violencia como oportunidad de resolución de conflictos.

Lamento distanciarme de los marxistas y creerle más a Jesucristo que a Marx. Creo más en que sea un corazón en paz el que puede transformar las estructuras sociales que en unos procesos de cambios sociales los que puedan cambiar el corazón humano. No creo en la guerra y estoy seguro de que quien la hace tiene el mismo fin de Caín. Vivirá errante sin saber qué hacer con su vida. No será feliz y llorará su incapacidad de aceptar la diferencia; aunque por momentos quisiera olvidarme del discurso del monte (Mateo 5-7) y dedicarme a excluir a los diferentes; pero sé que eso sería como abandonar y negar a Jesucristo. Aunque muchas veces no me falten ganas de dejarme llevar por mis impulsos, me resisto a ser como Caín y quiero encontrar caminos de comunión y de armonía para con mis hermanos los seres humanos. Ninguna guerra se puede hacer en nombre del Dios que hizo el mundo, cuya voluntad está expresada en este relato, el Dios de Jesucristo, Dios de amor pues sólo el amor será la verdadera solución de los problemas.