Muchas veces quisiera devolverme a cuando era chiquita y creía que había buenos y malos y que siempre los buenos ganaban. A cuando creía que la vida era como en los cuentos de hadas, las brujas caían derrotadas y había príncipes azules que junto a sus princesas eran felices por siempre.

Cuando se es niño e inocente, cree en esas simplicidades y de repente, uno crece y empieza a encontrarse con un mundo que no se parece en nada a los cuentos de hadas y si mucho, a los cuentos de horror. Entiende que no todos los niños vienen al mundo amados y esperados, que no hay finales felices, ni hadas que te saquen de los problemas y te vistan bonito para ir a la fiesta de tu príncipe.

No hay príncipes azules o de ningún color. Solo seres humanos que crecen y muchas veces sobreviven, a la falta de amor y a las carencias. Personas que se defienden de lo inhóspitos que son los círculos sociales y laborales. Gente que lucha por mantenerse a flote en medio de la adversidad.

Con un panorama así, donde hasta las más sofisticadas burbujas en que algunos padres envuelven a sus hijos y que terminan por romperse ante la realidad, la única fuerza para seguir adelante viene de Dios.

Él y su palabra son el salvavidas con que contamos para no caer, para no dejarnos vencer, para no igualarnos a la contaminación que nos rodea.

Jesús nos muestra el camino, nos habla de amor, de servicio, de misericordia, de solidaridad, mientras nos empujan a creer que la felicidad es un producto de consumo que se anuncia en los medios y que lo que los medios cuentan es la verdad.

Jesús nos habla de esperanza, de mirarnos como hermanos, de tender la mano, de humildad y el mundo nos dice que un carro, una mansión, un cargo y ropa de marca nos harán felices e importantes.

Las noticias nos muestran un mundo gris y violento, lleno de muerte y corrupción y Jesús nos habla de paz, de serenidad y nos regala la maravilla de la naturaleza.

Tú y yo, solo tenemos que escoger por cual ruta caminar