Quien ha tenido un perro o gato, o un animalito y se ha conectado con él, sabe que ese vínculo es de familia.

Familia porque ese animalito entra en el corazón y allí se queda para siempre. Uno sabe que depende totalmente de uno, pero que también es de uno de la misma manera. Nunca traiciona, nunca deja de amarte, te acepta como eres, no trata de cambiarte. Le gustas con mal aliento, sin bañarte, o elegantemente vestido y está contigo en las buenas o en las malas. No te deja porque perdiste el trabajo o porque ya no tienes dinero. Se queda contigo hasta que se muera y vive contigo todo lo que tú vivas bueno o malo siempre ahí, permanente.

Leí dos historias desgarradoras de dos mujeres maltratadas física y psicológicamente por sus parejas. El maltrato acaba con la autoestima, con la persona totalmente y es tal el miedo y la dependencia que la víctima se siente incapaz de irse del lado del maltratador.

La mujer cuenta que el hombre pateaba a su perro a la par de a ella y la amenazaba con matarlo botándolo por la ventana. Y que lo hacía para torturarla porque ese perro era lo único que ella tenía. Tal vez ver a su perro temblar cuando sentía al hombre en la puerta y el miedo a que cumpliera su palabra y lo matara la hizo reunir el valor para irse. Llegó al refugio de mujeres maltratadas y le dijeron que ella entraba, pero el perro no. En el otro caso, la mujer prefirió irse a vivir en una carpa pero con su perro, su hermano, su hijo, su familia.

Un perro o un gato llegan a ser hijos. Su fidelidad y amor desinteresado, su permanencia con sus humanos, los debería hacer merecedores de respeto y por qué no de misericordia. Pero no, por más educados que estén, son excluidos, limitados, apartados, separados.

Y me pregunto, porque somos capaces de extender la mano para rescatar personas de la cárcel del maltrato y somos incapaces de entender su arraigo con un animal que fue su refugio y compañía durante el mismo. ¿Porque condicionamos la ayuda que vamos a dar y pretendemos que el otro, por su condición de indefensión, se pliegue a unas normas sin corazón? Sin querer ceder ni un poquito.

¿Será que somos tan pegados a la norma que puede más eso que la misericordia?