Hemos escuchado con frecuencia decir: “perdono pero no olvido”. Excelente afirmación, porque perdonar no implica olvidar, sino hacer que el recuerdo de la ofensa no nos robe la paz.

El el antiguo Israel, los judíos tenían como ley, perdonar hasta cuatro veces, sin embargo Pedro va más allá y dice: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» (Mt. 18,21-22). Estas palabras de Jesús son un desafío que nos mueve a disponer nuestro corazón a perdonar siempre. Cuántas veces nosotros nos equivocamos, así han de ser las veces que debemos perdonar. Podríamos preguntarnos ¿cuántas veces me equivoco? seguramente la respuesta no sería otra que, muchas por no decir siempre. Si estamos propensos a equivocarnos, de igual manera, debemos estar dispuestos a perdonar las veces que sea necesario.

No obstante, el ejercicio de perdonar no es fácil y requiere de una alto grado de humildad, pero si tenemos en cuenta que no somos perfectos y que constantemente nos equivocamo, también debemos disponernos permanentemente a perdonar. La mejor manera para lograrlo es colocar las ofensas recibidas a los pies de Jesús, Él que es todo misericordia, sin duda nos dará la sabiduría y fortaleza necesaria para lograrlo.

Pero, ¿perdonar es sinónimo de olvidar? En absoluto. Las hechos ocurridos no se pueden borrar, eso no significa entonces que no se pueda perdonar. El perdón nos ayuda a dejar de darle importancia a las ofensas, y preocuparnos mejor por encontrar paz en el corazón. Si pretendemos perdonar olvidando, tocaría pedirle al Espíritu Santo que nos regale sus siete dones, pero además que nos dé el don de la demencia senil o algo que borre totalmente nuestra mente, porque de lo contrario, perdonar y olvidar será imposible.

Cuando no perdonamos, sucede que nuestra vida se convierte en un banco de odios y rencores. Eso no vale la pena, porque los más seguro es que las personas objeto de nuestro odio, ni se enteran de lo que albergamos en el corazón; nosotros somos quienes nos enfermamos, y nos dejamos robar la paz. Mejor es perdonar y sanar nuestro corazón de todo aquello que intranquiliza nuestra vida, aunque en nuestra mente en ocasiones salga a flote la ofensa recibida. Ésta sólo ha de ser motivo de reflexión y oración, no de intranquilidad y odio.