Ayer me llamó una señora, en la mañana, para decirme que vendría a las tres de tarde a visitarme. Y exactamente a las tres llegó. Entró rápida, un poco nerviosa, apenas sí se le veía la cara. Una cara juvenil y bella.

Al entrar, me dijo que cerrara la puerta, y cuando estuvimos solo, se quedó mirándome y dijo:

– Padre le traigo esto para el Banquete del Millón.

Se Zafó una pulsera. Era algo fabuloso. Una colección de monedas de oro, desde el tiempo de Augusto hasta Eduardo VI, y añadió:

– Padre, esto vale mucho más de lo que usted pide por una boleta para el Banquete.

Yo Recibí el brazalete. Pesaba inmensamente. Era todo de oro. Y después, no supe qué decirle a la señora. Me Pareció todo tan maravilloso, tan silencioso, conmovedor, que le di un beso en la frente. Yo sé que eso no lo debe hacer un sacerdote, pero no pude menos de hacerlo. La señora salió inmediatamente, no me dejó su nombre, no le pude entregar la boleta, todo fue fulgurante, rápido, casi divino.

Esta es la revolución de arriba par abajo, la que se debe hacer a base de amor y a base de justicia. La que no quebrará un vidrio, ni tronchará una flor, ni cometerá ninguna grosería. No la revolución de abajo para arriba, con groserías, destrucciones, chabacanerías; sino la de arriba para abajo, que es la cristiana, que es la toma de conciencia de los postulados y de la justicia y de la solidaridad.

Yo soy representante ante los de abajo, y estoy convidando, respetuosamente, a los de arriba. Y ellos están oyendo mi voz. Y la van a oír caudalosamente más y más en estos días que preceden el Banquete del Millón.

En verdad es necesaria la revolución, el cambio. Lo está realizando el gobierno con inteligencia y con noble energía, y lo están plasmando los pudientes generosos, sin paternalismos, sin humillaciones, a base de sacrificios, a base de sacrificios, a base de sacrificios, a base de fraternidad.

Esta señora que dejó su pulsera de oro era símbolo de la revolución de arriba para abajo, donde no se quiebra un vidrio, donde no se troncha una flor, donde no hay incendios, donde solamente rigen el amor, la justicia y la fraternidad.

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