Millones de católicos en el mundo entero celebran a diario el sacramento de la Eucaristía, que es centro y culmen de la vida Cristiana, el mismo Jesús lo anuncia y la promete: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.” (Juan 6, 55-58). Jesús instituye el sacramento, su cuerpo se entrega por la salvación del mundo, e invita a conmemorar, a recordar entre sus fieles este gran momento, nos invita a ser partícipes de su entrega sin límites porque el precio del sacrificio fue su misma sangre. “Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. (Lucas 22, 19-20).

La eucaristía es una alianza, es recordar que Cristo es nuestra cabeza, y que cada uno de nosotros somos parte de su cuerpo. La Eucaristía nos hace partícipes de tan grande misterio de hermandad, somos hermanos porque fluye por nosotros por medio de la comunión eucarística, su misma sangre: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?. Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan.” (I Corintios 10, 16-17)
La eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Jesús, por eso al recibirlo debemos tener limpio el corazón, o si no nos comemos nuestra condenación “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa.” (I Corintios 11, 27-28). Quien comulga es porque ha decidido seguir a Jesús, adentrarse a su misericordia, amarle, y le tiene un altar en su corazón, donde él está y mora dándoles fuerzas para seguir adelante. Pero ¿cómo hacer esto realidad?, no solo es el hecho de comulgar por comulgar, su adoración es algo que nos compete ya que esto ha producido grandes bendiciones al mundo entero: Conversiones, confesiones, compromiso con la Iglesia, amar la misa, vocaciones sacerdotales, amor y servicio a los pobres.

La comunión eucarística, debe llevarnos en primer instancia a orar y reflexionar sobre todos los sufrimientos del mundo que claman justicia, preguntémonos ¿qué hacer para contribuir a menos mal en el mundo?, o ¿cómo ser mejor cristiano y ayuda a mi prójimo?. Es en esto donde se quedaron los santos que viviendo en un ambiente hostil, lo dieron todo para que con su ejemplo se transformara el mal en bien, hasta el punto de entregar su vida, es el caso de los mártires. Este es el momento para que desde la Eucaristía podamos cambiar el mundo.

Aunque no puedas recibirlo, no es impedimento para que te coloques a sus pies, le adores y le pidas que guía tu vida. En relación con el mundo entero nos debe llevar a amarnos mucho, que nos reconozcan por ser discípulos de Jesús. Revistámonos de los sentimientos de Cristo Jesús y compitamos en humildad los unos con los otros a ejemplo de Cristo. Nuestra caridad mutua no es solamente una imitación del Señor, es una prueba viva de su presencia activa en medio de nosotros.

A los enfermos y a los que sufren, por el dolor que ustedes sienten en su cuerpo y en su corazón participan de manera singular en el sacrificio de la Eucaristía, como testigos privilegiados del amor que de ella deriva. Estamos seguros de que en el momento en que experimentamos la debilidad y nuestros propios límites, la fuerza de la Eucaristía puede ser una gran ayuda”. Él nos los dijo “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo.” (Mt 28, 20). ¡Queridos hermanos y hermanas, hagamos realidad la obra salvadora de Jesús!”