La vida sería intolerable sin soñar. Yo soy un viejo que estoy viviendo en el año 2012, como un sobreviviente del siglo pasado. Tengo un recuerdo suficiente de los años que “fueron” y una magnífica imaginación. Tomo las nuevas píldoras geriátricas y me siento increíblemente bien.

Todos los días doy un largo paseo por el camino que serpentea al frente de mi casa. A la orilla del río Catatumbo. Este río que yo conocí, que recorrí por primera vez hace muchos años, en una canoa peligrosa, en busca de los indios motilones, ahora está bordeado de quintas con aire acondicionado. Los mismos indios tienen actualmente sus preciosas mansiones a la orilla del río.

Quiero contarles el cambio que ha vivido en estos últimos 40 años, desde 1974. No sólo en lo social, sino también en lo religioso, porque soy un viejo y feliz sacerdote. En mi tiempo hablé, durante largos períodos, en la televisión; creo que puse un grano de arena para promover el cambio. Todo hombre, de algún modo, promueve un cambio.

En lo social, quiero contarles algo que a ustedes les puede parecer inverosímil: la Renovación Carismática afectó toda la estructura de la sociedad, cambió a los hombres y les hizo aceptar, con toda sinceridad, las palabras del evangelio acerca de la justicia, del amor y de la igualdad.

Actualmente no hay pobres ni ricos. Los hombres nos convencimos de que debíamos amarnos, de que todos teníamos derecho a vivir bien y lo hicimos espontáneamente y sin ninguna violencia. Fue la obra poderosa del evangelio y del Espíritu Santo.

Yo vivo en el campo. El campo ahora es lo apetecible. Todos los estamos cultivando. Yo mismo, muy anciano, salgo todos los días a cuidar las frutas y las flores. Recuerdo que en otro tiempo todos se marchaban del campo a la ciudad. Ahora es lo contrario. Es el retorno masivo al campo.

El transporte por tierra ha disminuido. Todos los viajeros lo hacemos en buses aéreos, en pequeños helicópteros, en minúsculos motores aéreos individuales o a caballo. Se ha cambiado la antigua sociedad de consumo por una sociedad tranquila, serena, de seriedad, de campo, de salud y alegría. Se dispone de todo lo necesario. Pero se abandonó la antigua locura burguesa de lo superfluo, de las baratijas, de lo innecesario. Ahora sólo se tiene lo útil. Pero hay un gran campo para el arte, para la música.

Yo recuerdo esa antigua Bogotá, de los años 70, llena de humo, de grandes residencias y de interminables y vergonzosos tugurios. Ahora la ciudad se ha despoblado, en buena parte. La ciudad quedó casi exclusivamente para estudiantes, para investigadores y para hombres de gobierno. Se acabó el ejército. Las fábricas se establecieron en el campo. Se acabaron las fronteras con Venezuela, de acuerdo con una gran confederación americana.

No quiero contarles, a ustedes, el cambio total que hubo en el gobierno. La organización técnica de todos los departamentos, la división de tierras, la socialización de la producción. Quiero decirles lo que no creerán: no quedó en Colombia un solo ladrón ni un “raponero”, como los llamábamos antiguamente.

Los cincuenta millones de habitantes del país están trabajando intensamente, sin la amargura de las antiguas diferencias sociales. El gobierno, actualmente, es una real democracia. Se ha logrado la participación efectiva de todos en la organización de la sociedad. La libertad es una realidad. Se ha descubierto el sentido de la responsabilidad, de la libertad. Se ha llegado a la socialización de todos los bienes de producción y de servicio.

Pero lo que quiero contarles es el cambio que ha acontecido en la Iglesia en estos cuarenta años. La antigua Iglesia, un poco ritualista y cerrada, un poco agobiada por demasiadas constituciones, se cambió por una Iglesia abierta, fresca, fervorosa, como si fuera una nueva primavera.

La oleada del Espíritu Santo penetró en toda ella. Los curas que antes se sentían desubicados, fatigados, soñando muchos de ellos en salirse, en abandonar el sacerdocio, soñolientos otros en los despachos parroquiales, entristecidos con sus iglesias vacías, están actualmente con un entusiasmo increíble, proclamando a Jesucristo en centenares de grupos de oración, de fraternidad, de eucaristía, de lecturas bíblicas.

Ya se unieron los católicos y los protestantes, manteniendo algunas diferencias propias de sus iglesias. A esto ayudó mucho el movimiento carismático, que en un principio fue mirado con tanto recelo. Muchos pastores protestantes fueron ordenados sacerdotes católicos y regresaron a la Madre Iglesia.

Son miles, millones actualmente los adoradores en el Espíritu y en la verdad. Ya se abandonó la antigua costumbre de ir a misa el domingo y de embriagarse y adulterar el viernes o sábado.

Se abandonó la iglesia dualística, creada por los hombres, y apareció la bella Iglesia de Jesucristo, en que todo el hombre se entrega a Dios, que es la realización de la primitiva Iglesia de que hablan los Hechos Apostólicos, en que se oraba, se fraternizaba, se partía el pan y se oía la Palabra.

Actualmente el libro de la Biblia pasó a ser el libro de los católicos; se ha efectuado una conversión increíble al evangelio.

No sé si estamos en el último milenio de santidad y de fervor, profetizado en el Apocalipsis, en el capítulo 20.

Todo se ha vuelto sencillo y bello. Todo se ha descomplicado. Por todas partes penetró el Espíritu Santo, con sus frutos de amor y de paz, con sus dones de ciencia, de sabiduría, de profecía, de felicidad.

Los seminarios tradicionales se acabaron completamente, aunque dicen que aún quedan algunos en España. Grupos de jóvenes universitarios se reúnen a orar, a leer la Escritura y a prepararse fervorosamente para ejercer el ministerio. Ellos no sólo reciben un documento que los autoriza para ejercer, sino poder de Dios y fuerza del Espíritu Santo para proclamar al adorable Jesucristo.

Son maravillosos estos predicadores de ahora. Tienen un poder extraño en el Espíritu Santo, alimentados por la lectura continua de la Escritura. Son distintos de los que yo conocí antiguamente, que hablaban de todo, fatigantes, menos de Cristo. Actualmente, son centenares de jóvenes ordenados sacerdotes. Unos son célibes, otros son padres de familia ordenados.

La Iglesia arde en alegría y en entusiasmo evangélico. Desaparecieron las cosas superfluas, y ha quedado lo fundamental: Jesucristo, inmenso y bello; la Virgen Madre de Jesús, la eucaristía, la comunidad, la autoridad paternal y humilde de Pedro y de los obispos.

Actualmente, cuando nos encontramos los católicos, hablamos de Cristo, que es nuestro tema. Actualmente nos reunimos, jóvenes y viejos, a formar grupos de alabanza al Señor. El Espíritu Santo invadió la Iglesia como nunca. Se cumplió plenamente la profecía de Joel: “En los postreros días, derramaré mi Espíritu sobre toda carne”.

Es maravilloso vivir en este año 2012, cuando se recuperó el equilibrio perdido entre lo social y lo religioso. Ahora pienso que todo era tan fácil de reconstruir y restaurar. Que era tan fácil desmontar la sociedad y la Iglesia de estructuras y supraestructuras de que se estuvo llenando a lo largo de los siglos.

La Iglesia se llenó de amor, de caridad, de alabanzas, de himnos de humildad, por obra del Espíritu Santo.

Lo más maravilloso de ahora son los sacerdotes jóvenes, enamorados de Jesucristo y llenos del Espíritu Santo. Ellos están de tiempo completo al servicio espiritual de los fieles. Ya no están de profesores de literatura, ni construyendo barrios, como yo lo hacía en otro tiempo. Ya eso el gobierno lo hace en su totalidad.

Ahora es Jesucristo, el único, el amado, el que se predica, el que se espera. Creo que el año providencial fue el año 1962, cuando Juan XXIII le abrió las puertas al Espíritu Santo, y posteriormente llegó la plenitud. Ahora me da tristeza la pobreza social y religiosa en que vivían antiguamente, cuando no había llegado la fuerza del Espíritu al mundo.

Es increíble lo que ha sucedido en estos cuarenta años. Antiguamente, era una Iglesia impotente, que basaba su esperanza en sus propias actividades. Ahora vino el Espíritu y la llenó de alegría, de adoración, de integridad, de pobreza.

El actual pontífice, Juan XXIV, ha dado el más bello ejemplo. Abandonó el palacio Vaticano, y ha vestido un humilde vestido. Ya no está rodeado de la nube de secretarios que lo ahogaban antiguamente. La mayoría de sus hijos representantes han hecho lo mismo, a todo lo ancho del mundo.

La Curia Romana también ha sido invadida por el movimiento carismático. Nadie lo hubiera pensado. El Santo Padre no nos habla sino de amar a Jesucristo, de seguir el evangelio; es humilde, es todo ternura. Las iglesias están colmadas de fieles que aceptan a Cristo en sus vidas. Son centenares y miles de fieles entregados a Cristo, ahora.

Es verdad que también han quedado los paganos, pero no se bautizaron. Ellos viven en su vida mundana y temporal, pero no se dicen católicos como antiguamente.

El movimiento de Renovación en el Espíritu Santo se abrió campo por todas partes. Nunca la Iglesia había sido tan viva, tan humilde, tan bella y tan poderosa espiritualmente como ahora. Esta es la Iglesia de la paz, del amor, de la amabilidad, de la paciencia, de la expectativa de la venida de Cristo.

Esto es lo que yo estoy contemplando y viviendo en este año 2012, desde la orilla izquierda del río Catatumbo.