Sentada sobre tantos años vividos, reflexiono sobre con cuántos no, no se puede, no vas, nos educaron y me pregunto si eso no será la causa de tanta violencia y tanta gente frustrada que camina por ahí con cara de trompada como si la vida le doliera.

Gente que se desmaya y vuelve en no, que fue la primera palabra que muchos aprendimos. El regaño y el palo fueron los compañeros favoritos de los no, tanto, que se olvidaron del amor, los abrazos, los besos y el cariño.

Nos embutieron que la felicidad es solo de raticos y nos condenaron a la infelicidad, a la culpa y a mil “deberes ser” que la ciencia ha demostrado equivocados, pero que tercamente insistimos en ellos a pesar de las consecuencias.

Ya que estamos en la onda del año nuevo y los cambios de vida y esas cosas, propongo que empecemos a educar en el sí y hay que arrancar con nosotros mismos. Sí me como este helado, sí puedo cambiar, sí puedes salir. Metámonos en la cabeza que sí podemos ser felices, que la felicidad es un estado permanente que tiene momentos de dolor, de pérdidas, de tristezas y no al contrario como nos hicieron creer. Somos infelices y si logramos esta cosa o aquella otra, podemos tener un momento de felicidad.

La felicidad va de la mano con que me guste la vida que tengo, con el trabajo, con quienes estoy. Con el disfrute de cada cosa que hago, con quienes comparto, con lo que como. Saber disfrutar a las personas, los momentos. Tener claro que cada momento es un regalo. Y todo eso lo construyo yo.

La felicidad no tiene nada que ver con la marca de ropa que usas, el modelo del carro que manejas o el tamaño de la casa en la que vives, todas esas cosas son accesorias e impuestas por la maquinaria del consumo. La felicidad es interna, no externa. Su manifestación es la paz con la que vives tu vida y esos momentos de pérdida, dolor, angustia o tristeza. Tampoco está relacionada con las opiniones de los demás y estas no tienen porque marcarnos o definirnos. Cada quien es cada quién.

Ahora bien, vivimos en sociedad y eso impone unas normas que hay que cumplir, eso sí. Mis derechos terminan donde empiezan los del otro, sin importar quién es el otro, o a qué huele. Para esa convivencia hay que añadir el respeto, porque cada quien merece respeto por su persona, pertenencias e integridad.

Ya lo dijo Jesús, aménse los unos a los otros, como yo los he amado.