Cuando digo “No te metas en mi Facebook”, es un llamado al respeto, a reconocer que cada persona ha sido dotada de la libertad de hijos de Dios, y por eso, tiene la facultad de decidir quienes pueden o no entrar en lo profundo de su ser. Dios, siendo nuestro creador, no irrumpe de manera arbitraria en nuestra vida, sino que permite que libremente lo dejemos entrar en nuestro corazón, cuánto más nosotros debemos ser respetuoso de nuestros semejantes.

También al decir “No te metas a mi Facebook” deseo que reflexionemos sobre lo que implica poner barreras en nuestra relación con los demás, cuando no queremos que nadie nos conozca realmente, porque hemos utilizado las redes sociales para mostrar una faceta de nuestra vida que en otros contextos permanece oculta, por eso se da el fenómeno de perfiles falsos que develan otra cara de nuestra existencia.

Podríamos entonces preguntarnos: ¿Somos transparentes en nuestras relaciones? ¿La información que compartimos es de interés para los demás, o solo lo hacemos como medio para llamar la atención, o para dejar ver otra faceta de nuestra vida?

Seguramente la gran mayoría somos personas auténticas y utilizamos las redes sociales de manera prudente y transparente. Pero ocurre que no siempre es así, y se da el fenómeno de “cristianos” que llevamos la vida por dos vías. Por un lado la fe, y por otro los actos, es decir que nos movemos en una doble moral. La invitación es para que nuestro facebook en sentido profundo, es decir nuestra vida, sea un libro abierto y sin barreras, de modo que generemos confianza y podamos establecer relaciones fundamentadas en la verdad, pero también es importante comprender que cada persona es digna de respeto y por mucha confianza que tengamos con alguien, no está bien violentar su privacidad, y menos cuando tenemos la intención de fisgonear y chismosear su vida.

Entonces, ¿con qué sentido decimos “no te metas a mi facebook”? Porque exigimos respeto de nuestra intimidad, o es porque no queremos que conozcan realmente lo que somos o la doble vida que llevamos. Dejemos pues que Cristo viva en nosotros y así lleguemos a tener sus mismos sentimientos, acciones y disposiciones, de modo que podamos decir como san Pablo: “Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal.2,20) y de esta manera, seamos cristianos transparentes y de una sola pieza.