Las redes sociales son el reino de la fugacidad y sin embargo, cada día vivimos más sumergidos en ese reino; haciendo hasta lo imposible porque los demás vean lo rico que lo pasamos, los lugares que visitamos o lo brillantes que somos. Vemos más personas conectadas con sus móviles o tabletas y más desconectadas de las otras personas. Siempre buscando informarse sobre los demás, una oportunidad para conseguir un like o la aprobación de muchos que te catapulten a ser la tendencia por un día o unas horas, para reinar en las redes y hacerte rápidamente famoso y desaparecer con la misma rapidez.

Mientras tanto, ocurren a tu lado muchísimas cosas estupendas de las que te pierdes. ¿Para qué sirve tener al lado la maravilla de la creación que ocurre a cada instante, si estás pendiente de lo que hicieron o dijeron los otros?

Y no satanizo las redes sociales, para nada. Las uso y me gustan. Son fuente de información, facilitan el contacto y permiten que te asomes a un mundo, humano, animal o vegetal al que tal vez sin ellas, no tendrías acceso.

Ser críticos, apreciar en ellas lo apreciable y aprender a distinguir lo falso, lo fingido, lo editado. Tener claro que nadie sube lo que lo daña o lo deja mal. Sube lo que lo hace lucir bien, bonito o puede generar envidia. Es saber que así como ves lo grandioso de las ballenas en el mar o la gente que ayuda a los delfines varados en una playa, también los hay que matan a un miquito bebé por tomarse una selfie con él.

Mantenerse incontaminado de los intereses mezquinos y rastreros que acaban con unos y agreden a otros, que endiosan a unos y terminan a otros. Es no ser un peón más en una guerra cuyos verdaderos fines nunca sabremos.

En resumen, es poner filtros a lo que leemos o vemos, no creer todo porque está en las redes o en internet y no dejar pasar la vida o la de los nuestros al lado y perdernos de ellos por estar pegados en un dispositivo.

Es equilibrar con inteligencia el tiempo en el aparato y sus opciones, sin dejar de vivir, amar compartir con la familia y los amigos. Nada supera la complicidad de tomarse un café viendo los ojos del otro, compartir la risa, escuchar y contar nuestras historias. Vivir la vida de verdad, verdad.