Nuestro trabajo como líderes de una obra de evangelización debiera estar marcada por la unión de dos elementos: la lucha y el amor. “Quien solamente lucha, corre el peligro de volverse duro e insensible. Quien solamente ama, propende a potenciar sólo su parte afectiva de ternura… Como luchador el hombre es capaz de amor. Su amor necesita la cualidad del conquistador y protector..

Nuestro trabajo como líderes de una obra de evangelización debiera estar marcada por la unión de dos elementos: la lucha y el amor. “Quien solamente lucha, corre el peligro de volverse duro e insensible. Quien solamente ama, propende a potenciar sólo su parte afectiva de ternura…Como luchador el hombre es capaz de amor. Su amor necesita la cualidad del conquistador y protector. Y su lucha necesita el amor, para que no se convierta en un combate rabiosamente ciego”[1] ¿Somos verdaderos luchadores en nuestro trabajo evangelizador? ¿Amamos? ¿Se nota que somos amor para los demás? Para poder combinar estos elementos quisiera proponerles, siguiendo al autor, algunos características nacidas en los arquetipos masculinos bíblicos.
 

1.Adán:

La primera consideración a tener presente es que Adán significa ser humano y no hombre. Su nombre expresa la relación profunda con la tierra (adama: suelo) pero, también tiene el hálito divino que insufla Dios por su nariz. De hecho la teología griega de la Imagen y Semejanza (Eikon y homoiosis) apuntan a entender que la misión del ser humano es la de reproducir cada vez más a Dios y llegar a ser como Dios. Somos adanes que no podemos negarnos a ninguna de esas dos dimensiones: Humana y divina. Ellas se tienen que notar en el trabajo que hacemos. Una nos asegura el no fanatismo y la otra nos hace encontrar el sentido último de todo. Tres acciones de Adán parecen retratar bien muchos de nuestros comportamientos:
 
Miedo:
Dios pregunta a Adán ¿Dónde estás? (Génesis 3,9) Pregunta que te sigue haciendo a ti y que se sintetiza los cuestionamientos existenciales que desde Dios se hacen: ¿Estás plenamente contigo mismo? ¿Eres realmente tú mismo? ¿Dónde estas con tus pensamientos? ¿puedes soportarte tal como eres? La respuesta del hombre: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí” (Génesis 3,10). El ser humano se esconde de Dios tiene miedo de mostrarse tal cual es, le cuesta soportar su propia verdad y mostrársela a Dios; arma una fachada y tras de ella se esconde. Así no se puede ser humano en verdad. Sólo cuando decida mantenerse en pie con su desnudez y se acepte tal cual es -desgarrado, fuerte y débil, pasional y a la vez cobarde y esquivo- podrá madurar como ser humano. He allí una tarea existencial clara y directa para cada uno de nosotros.
 
Culpabilidad:
No admite la propia culpabilidad y  la arroja sobre los demás: “La mujer que me diste como compañera me dio del árbol y comí” (Génesis 3,12) En últimas el culpable es Dios, ya que el hombre se niega a asumir cualquier responsabilidad respecto a su acción. Es su ruptura interior la que le lleva a acusar a otro.
 
Vergüenza:
Es ésta la que lo lleva hacerse unos ceñidores con hojas de higueras. Vergüenza es el miedo a mostrase tal como uno es. Ésta siempre tiene algo que ver con la necesidad de protección. Uno se protege de las miradas descaradas del otro pero también es expresión de la no aceptación de uno mismo.
 

2. Abrahán:

Es el peregrino. Es el que está camino a casa. Su peregrinaje parte de tres abandonos que los monjes antiguos veían no sólo como un modelo del camino de la fe sino también del camino hacia la propia identidad. Deja tierra, patria y casa paterna para salir a encontrarse.
 
Desprendimiento de la familia:
El que quiera ser plenamente él mismo, tiene que liberarse de todas las dependencias respecto al Padre y a la madre. Es una relación dialéctica la que aquí se da, ya que no hay realización sin el padre y la madre pero tampoco la hay sin emanciparse de los padres[2].  Es una liberación interior de las figuras paternas interiorizadas.
 
Desprendimiento de los apegos al pasado:  
Muchos hombres engrandecen su niñez y se apegan a ella, lo cual es un error porque por muy agradecidos que estemos tenemos que liberarnos de ella. Sino lo hacemos terminamos haciendo de la vida una reproducción de aquellos recuerdos y vivencias. Para ello tenemos que sanar heridas asumiendo nuestras responsabilidades y echando para adelante. No podemos cerrarnos a lo nuevo que nos ofrece la vida.
 
Desprendimiento a todo lo perceptible:
hay que renunciar a todo lo que nos permite instalarnos. Somos unos que hacemos caminos no podemos pararnos a descansar en nuestros logros.
 
El mito bíblico de Abrahán se construye no como una historia de un héroe que todo lo hace bien sino que se dejan ver sus sombras y sus debilidades, que tal vez muestran también las nuestras en el trabajo que realizamos.
 
Utiliza al otro: Su mujer Sara será usada para la consecución de sus objetivos, cuando la haga pasar como hermana delante del Faraón. Toma a Agar como mujer y luego la repudia por deseo de Sara. Es un peregrino que no asume su responsabilidad frente a las relaciones que va estableciendo.
 
Abandona a sus hijos:
Tanto Ismael como Isaac, de diferentes modos, van a soportar el abandono de su padre. Por estar siempre en camino se rehúsa a dar el apoyo y la protección que los otros necesitan, se hace ciego a los compañeros de camino.
 
Intenta sacrificar a su hijo:
No es extraño que muchos hombres por miedo a ser destronados por sus hijos busquen sacrificarlos (Mito griego: Cronos engendra de Rea a Hades, Zeus, Poseidón, Hestia, Deméter y Hera, y los devora al momento de nacer). Otra explicación podría ser que quiera vengarse de Sara, quien lo hizo repudiar a su hijo Ismael. Son muchos los padres que tratan de sacrificar el hijo de la madre por venganza con ella. Lo más doloroso, y no extraño, es que jusitique con una equivocada imagen de Dios su sacrificio, típica salida fanática.
 
Por eso para poder realizarse tendrá que dejar (renunciar) a las imágenes que tiene de si mismo, de la mujer (otro) y del Dios rígido, esquemático y llegar al Dios de la vida (éste no quiere sacrificios). Si no me desprendo de esas imágenes infantiles no maduro.
 
Sé feliz, Linero.
 

 [1]Grüm Anselm, Lucha y Amar, San Pablo, Bogotá, 2006, Pág

[2] Jan Vanier decía a Richard Rohr que su experiencia le había llevado a la conclusión de que prácticamente todos en el mundo occidental tienen que vérselas con dos enfermedades fundamentales: con una sexualidad perturbada y con un problema profundo de autoridad. Me pregunto si será por esa mala relación con los padres.