Si hay algo contra lo que he peleado siempre en mi corta vida, es contra el miedo a perder. Confieso que a veces soy indeciso, me lleno de miedo, no quiero avanzar y en muchas ocasiones he preferido quedarme estático en mi zona de confort. Que nadie me saque de ahí, a veces es lo único que quiero. No me da pena decirlo, porque sé que no soy el único y porque entiendo que es hasta normal que todos queramos permanecer en el lugar donde estamos cómodos. ¿Para qué incomodarse? ¿Para qué arriesgarse?.

Con el tiempo, he ido entendiendo que aunque la actitud temerosa suele ser normal, dejarme invadir y llevar por ella, no lo es. Ese es el problema, ahí radica. Y por culpa de no querer salir de la zona cómoda, he terminado desperdiciando oportunidades que son únicas –porque creo que la mayoría lo son-. Eso me ha llevado a pensar, me ha llevado a preguntarme si realmente vale la pena en insistir en no moverme, en dejarme llevar por el susto que ocasiona la probabilidad de no ganar. La respuesta muchas veces ha sido: “ni lo intentes”.

Sin embargo, entiendo que quien no lo intenta, quien no se arriesga ha perdido de antemano. Es como el boxeador que abandona una pelea antes de entrar a ella por miedo. Como el muchacho que no se le declara a la chica que le gusta por miedo a que le digan que no. Como quien no lucha por alcanzar sus sueños porque los ve imposibles. La pregunta que me queda es: ¿y si entras, peleas y ganas? ¿Y si le dices que te gusta, ella asiente y sale contigo? ¿Y si luchas por el sueño, te esfuerzas y lo alcanzas? ¿Perderías algo que no hayas perdido antes de tomar la decisión de
moverte?.

Que nos quede claro que el NO ya lo tenemos –escribo “no” en mayúscula para que lo veas bien-, que lo peor que podría pasar ya ha pasado al no intentarlo. Atrévete, rompe el miedo, entra a la pelea y gana, acércate a la que te gusta, lucha por alcanzar tus sueños, pero no te quedes esperando a que las cosas sucedan o te caigan del cielo, porque lo único que de allí cae es agua cuando llueve.