14 de marzo de 2.018 / 08:00 Pm

Me hallaba en la sala de espera hasta que mis ojos cedieron al sueño. El calor era insoportable, las enfermeras caminaban acompañadas de un pañuelo y era la gloria poder bajar al primer piso donde el aire pegaba con una fuerza abrumadora. Mi mamá me hizo señas para comprar agua, y esa fue mi oportunidad de gozar un poco de aire.

Fui en busca de la tienda más cercana y me devolví lentamente tratando de abrazar el poco aire que quedaba. La atención de visitas ya había cerrado la puerta, así que entré por la puerta aledaña que quedaba cerca a un ascensor, el cual llegó en pocos minutos.

Se detuvo en el segundo piso, y al abrir mi primera imagen fue la de una madre que en su rostro reflejaba la angustia y el dolor, detrás iba el médico llevando una camilla especial con un bebé, de menos de nueve meses, que, sin temor a equivocarme, era el hijo de aquella mujer. El aire estaba tenso y todos tenían puesta la mirada en el tablero electrónico esperando la siguiente parada. Sonó el timbre que anunciaba la llegada. La señora salió precipitadamente mientras el médico pedía permiso entre los asistentes.

Esta vez se montó una señora que lloraba con mucha fuerza y trataba de hablar por teléfono, pero muchas veces ganaba el dolor. En un espacio de tiempo logró calmarse y le decía al receptor que su hijo tenía un problema en la cabeza severo y que era muy joven para eso. Al decir esas palabras no pudo continuar y estalló en lágrimas. Cuando llegué a la habitación donde estaba mi abuela el silencio imperaba en las habitaciones, aunque había una de ellas donde un señor, pasado los sesenta años, lloraba por el dolor de sus músculos. No pude dormir esa noche, me sentía impotente ante el dolor, ante el sufrimiento. No podía hacer nada al respecto. Veía como la mayoría luchaba entre la vida y la muerte, entre llorar y reír, entre la esperanza y el desánimo…

El día siguiente era mi cumpleaños y muchas veces le restaba la importancia. Tal vez dolido por situaciones del pasado o el mismo miedo de que no fueran los tantos los que estuvieran allí. Mantenía el sinsabor de que los que apreciara no estuvieran el día en que nos recuerdan para qué estamos aquí. Llegué a mi oficina y estaba decorada, mis compañeros de trabajo me brindaron un momento agradable que fue extendiéndose hasta mis amigos, de la universidad, mi familia me llamó, la mujer que quiero estuvo conmigo desde la mañana, personas con las que no tenía un contacto directo me llamaron dándome los mejores deseos, los que llegaban me brindaban un poco de cariño, y en ese momento solo pude dar gracias a Dios por la capacidad de reír, compartir , y sobre todo tener dolor en la barriga por haber compartido con los que día a día luchan conmigo y son tan cercanos que te conocen hasta como caminas.

Sé que mi oración fue un poco egoísta, pero me sentí agradecido con Dios porque pude disfrutar mi cumpleaños por primera vez…