La vida, un ejercicio extremo.

 

Los fines de semana son el tiempo esperado por muchos para descansar, para disfrutar de sus familias. Otros dedican su tiempo a hobbies, a pasatiempos como la pintura, la escultura, hacer gimnasia o hacer deporte. Otros, quizá distantes del ideal Griego, deciden simplemente hacer uso del ocio o desatrazar capítulos de la serie favorita o esperada durante meses en Internet.

Pero me llama poderosamente la atención, como algunos otros que se dedican a lo que se ha conocido como Deportes Extremos. Considerados éstos, como lo que implican una descarga de adrenalina durante su práctica. Lanzamientos en parapente, paracaídas, bicicletas extremas por trochas imposibles, caminatas larguísimas o descensos por cuerda, simular combates militares con armas que disparan balas de pintura o perdigones a presión; finalmente, toda actividad física con algún grado de riesgo o de aventura, para salir de lo habitual de la vida.

No tengo nada en contra de eso, dicho sea de paso, no es mi caso, tengo alguna reticencia al ejercicio físico, pero aquello de estar suspendido a metros del piso, o descender vertiginosamente en unos patines por una pendiente, tengo muy claro que no es lo mío.

¿Qué buscan aquellos que practican estos deportes?  ¿Qué hay detrás del placer de la velocidad o el vértigo? ¿Qué se escribe detrás de la indumentaria o el riesgo real de ciertos deportes? Creo yo que la gracia del asunto, está en sentir como lo incontrolable puede volverse controlable y jugar con lo fortuito para generar adrenalina, esa sensación de indeterminada alegría mezclada con algo de miedo.

Pero hay otras cosas que pueden ser igual de extremas y emocionantes.  Despierta adrenalina lanzarse hacia el vacío y planear con el impulso del aire, pero  puede resultar muy emocionante tomar el teléfono para llamar a alguien con quien no me hablo hace años pedirle  perdón por el daño que hice.  

Y ¿si se me ocurriera visitar a ese familiar con el que discutí hace meses y le ofrezco mis disculpas?  O  coger el carro y luego de preparar unos sanduches en casa,  salir en la madrugada y repartirlos a algunos habitantes de calle, ¿no sería eso una experiencia extrema? ¿O acaso no se sentirá adrenalina ir y predicarles a algunas personas en el centro de la ciudad y decirles que Dios les ama, que son personas importantes? ¿O tener el lanzamiento extremo de ser capaz de darle un abrazo a un habitante de calle? Eso sí sería una ráfaga de adrenalina, pondría a latir el corazón, haría sudar las manos, pondría  a temblar las rodillas.

Tener gestos de bondad, de misericordia y salir de sí mismo, tiene mucho de vertiginoso y de emocionante. El salto con la patineta tiene mucho de artístico, pero la sensación de alegría de perdonar un resentimiento o de sentir una palabra de reconciliación tiene gran poder y estremecería la piel, o recibir de parte de aquella persona a quien le hicimos daño, una sonrisa perdonándome, es más poderoso que un lanzamiento en Bungee.

Arriesguemos la vida, aventuremos la vida, no en un paracaídas, sino con los pies en la tierra viendo a los otros a los ojos y ayudando a construir el Reino de Dios. 

 
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