“Después de estos sucesos,
 
derramaré mi espíritu
 
sobre todo ser humano:
 
los hijos e hijas de ustedes profetizarán,
 
soñarán sueños sus ancianos,
 
y sus jóvenes verán visiones.
 
También sobre los siervos y las siervas
 
derramaré mi espíritu en aquellos días”.
 
(Joel 3, 1-2)
 
 
Este pasaje del profeta Joel, expresa en mi opinión lo que es un verdadero pentecostés en la
 
vida del creyente. Las acciones en tiempo futuro: “Profetizarán”; “soñarán” y “verán”, están
 
orientadas a personas específicas: “hijos e hijas”; “ancianos” y “jóvenes”, no por un simple
 
pretexto sino con un objetivo claro de acuerdo al rol que cada uno desempeña en la
 
comunidad de fe. Miremos cada grupo con su acción por separado analizando lo que el texto
 
bíblico quiere expresar y hagamos luego una interpretación carismática del relato:
 
 
1. Los hijos e hijas de ustedes profetizarán: el término hijo e hija, expresa un sentido de
 
pertenencia y de elección: El Señor es el Padre e Israel es el hijo; El Señor es el único
 
Dios e Israel es el pueblo de su heredad. En razón de esa elección, es que han de
 
profetizar la fidelidad a la alianza y obrar conforme a ella: “yo seré tu Dios y tú serás mi
 
pueblo” (Levítico 26,12). Lo interesante también del relato es la inclusión en los
 
derechos de las mujeres como hijas, respetando lo que es verdaderamente la alianza
 
en el orden perfecto de la creación de igualdad y no de sometimiento.
 
 
2. Soñarán sueños sus ancianos: la expresión del profeta es realmente hermosa al tomar
 
la figura de los ancianos para decir que ellos soñarán, nada común para esta etapa de
 
la vida que se afirma en los recuerdos y en las añoranzas del pasado. Por lo tanto la
 
novedad que produce el Espíritu es que éstos ya no se lamentarán, no se
 
escandalizarán, no se quedarán en las glorias del pasado ¡No! éstos SOÑARÁN o sea
 
volverán a nacer y recuperarán la capacidad de asombro.
 
 
3. Sus jóvenes verán visiones: ya el futuro no será incierto, los jóvenes escribirán una
 
nueva historia. Las “visiones” significa que la vida se ve con esperanza frente a lo que
 
aún no se tiene pero que se tendrá.
 
 
En este sentido tenemos que decir que Pentecostés al final de la Pascua es esa cosecha lista
 
para ser recogida: el Espíritu nos dará a todos una conciencia verdadera de hijos amados, y en
 
este año de la misericordia el Padre es el que sale a nuestro encuentro, nos acoge en sus
 
brazos y restaura nuestra condición. Él como Pastor venda las heridas y nos sana de cualquier
 
estado de esclavitud que en razón a nuestra naturaleza de hijos no nos pertenece. ¡Volvamos a
 
ser hijos! creo que esa es la gracia más grande que podamos recibir en este tiempo.
 
Como consecuencia de esta condición de hijos, el espíritu del Señor nos abre caminos nuevos
 
que nos hacen salir de la nostalgia y nos llenan de esperanza. Por lo tanto, los sueños se harán
 
realidad en razón de la promesa divina porque a los hijos nada el Padre les negará.
 
Y finalmente sólo los hijos heredarán, ellos recibirán lo que por derecho les pertenece y lo que
 
el Padre sabe es de ellos: “Hijo tu siempre has estado conmigo y todo lo mío es tuyo” (Lucas
 
15,31). Pero en esa misma medida el hijo no podrá olvidarse de su deber como hermano,
 
porque no tendrá coherencia sentirse hijo sino hay compromiso con el prójimo: “Vengan
 
benditos de mi Padre; reciban en propiedad el reino que les he preparado desde el principio del
 
mundo. Porque estuve hambriento y ustedes me dieron de comer; estuve sediento y me dieron
 
de beber; llegué como un extraño, y me recibieron en sus casas; no tenía ropa y me la dieron;
 
estuve enfermo y me visitaron; en la cárcel y fueron a verme” (Mateo 25,34-36).
 
Vivamos entonces un eterno pentecostés en nuestras vidas como hijos y en el compromiso con
 
los hermanos. Y veremos la gloria de Dios en nuestras vidas.
 
 
 
Luz Eliana Gutiérrez García (Teóloga)
 
Escuela de Formación Laical Didajé del Minuto de Dios.
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